viernes, 24 de diciembre de 2010

NAVIDAD

Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el Cielo, ha descendido la paz sobre nosotros. «Acabamos de oír un mensaje rebosante de alegría y digno de todo aprecio: Cristo Jesús, el Hijo de
Dios, ha nacido en Belén de Judá. El anuncio me estremece, mi espíritu se enciende en mi interior y se apresura, como siempre, a comunicaros esta ale­gría y este júbilo», anuncia San Bernardo. Y todos nos ponemos en camino para contemplar y ado­rar a Jesús, pues todos tenemos necesidad de El; es de El de lo único que tenemos verdadera necesi­dad. No hay tal andar como buscar a Cristo. // No hay tal andar como a Cristo buscar //. Que no hay tal andar, canta un villancico popular, diciéndonos que ningún camino que emprendamos vale la pena si no termina en el Niño Dios.
«Hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede ha­ber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mor­talidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.
»Nadie tiene por qué sentirse alejado de la par­ticipación de semejante gozo, a todos es común el motivo para el júbilo: porque nuestro Señor, des­tructor del pecado y de la muerte, como no ha en­contrado a nadie libre de culpa, ha venido a libe­rarnos a todos. Que se alegre el santo, puesto que se acerca a la victoria. Alégrese el gentil, ya que se le llama a la vida.
»Pues el Hijo, al cumplirse la plenitud de los tiempos (...) asumió la naturaleza del género hu­mano para reconciliarla con su Creador». De aquí nace para todos, como un río incontenible, la alegría de estas fiestas.
Cantamos con júbilo en estos días de Navidad porque el amor está entre nosotros hasta el fin de los tiempos. La presencia del Niño es el amor en medio de los hombres; y el mundo no es ya un lu­gar oscuro: quienes buscan amor saben donde en­contrarlo. Y es de amor de lo que esencialmente anda necesitado cada hombre; también aquellos que pretenden estar satisfechos de todo.
Cuando en el día de hoy nos acerquemos a be­sar al Niño o contemplemos un Nacimiento, o me­ditemos en este gran misterio, que agradezcamos a Dios su deseo de abajarse hasta nosotros para ha­cerse entender y querer, y que nos decidamos a ha­cernos también como niños, para poder así entrar un día en el reino de los cielos. Terminamos nues­tra oración diciéndole a Dios Nuestro Padre: concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condi­ción humana.
Santa María, Madre de Dios, ruega por noso­tros.

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