miércoles, 15 de diciembre de 2010

PARA MEDITAR EN NAVIDAD

En aquellos días se promulgó un edicto de Cé­sar Augusto, para que se empadronase todo el
mundo.
Ahora nosotros podemos ver con claridad que fue una providencia de Dios aquel decreto del em­perador romano. Por esta razón María y José fueron a Belén y allí nació Jesús, según había sido pro­fetizado muchos siglos antes.
La Virgen sabía que estaba ya próximo el naci­miento de Jesús, y emprendió aquel viaje con el pen­samiento puesto en el Hijo que le iba a nacer en el pueblo de David.
Llegaron a Belén, con la alegría de estar ya en el lugar de sus antepasados, y también con el can­sancio de un viaje por caminos en malas condicio­nes, durante cuatro o cinco jornadas. La Virgen, en su estado, debió llegar muy cansada. Y en Belén no encontraron dónde instalarse. No hubo pa­ra ellos lugar en la posada, dice San Lucas, con frase escueta. Quizá José juzgara que la posada re­pleta de gente no era sitio adecuado para Nuestra Señora, especialmente en aquellas circunstancias. San José debió de llamar a muchas puertas antes de llevar a María a un establo, en las afueras. Nos imaginamos bien la escena: José explicando una y otra vez, con angustia creciente, la misma historia, «que venían de...», y María a pocos metros, vien­do a José y oyendo las negativas. No dejaron en­trar a Cristo. Le cerraron las puertas. María siente pena por José, y por aquellas gentes. ¡Qué frío es el mundo para con su Dios!
Quizá fue la Virgen quien propuso a José instalarse provisionalmente en alguna de aquellas cuevas, que hacían de establo a las afueras del pueblo. Probablemente le animó, diciéndole que no se preo­cupara, que ya se arreglarían... José se sintió con­fortado por las palabras y la sonrisa de María. De modo que allí se aposentaron con los enseres que habían podido traer desde Nazaret: los pañales, al­guna ropa que ella misma había preparado con la ilusión que sólo saben poner las madres en su pri­mer hijo...
Y en aquel lugar sucedió el acontecimiento más grande de la humanidad, con la más absoluta sen­cillez: Y sucedió —nos dice San Lucas— que es­tando allí se le cumplió la hora del parto. Maríaenvolvió a Jesús con inmenso amor en unos paña­les y lo recostó en el pesebre.
La Virgen tenía la fe más perfecta que cualquier otra persona antes o después de Ella. Y todos sus gestos eran expresión de su fe y de su ternura. Le besaría los pies porque era su Señor, le besaría la cara porque era su hijo. Se quedaría mucho tiem­po quieta contemplándolo.
Después, María puso al Niño en brazos de José, que sabe bien que es el Hijo del Altísimo, al que debe cuidar, proteger, enseñarle un oficio. Toda su vida está centrada en este Niño indefenso.
Jesús, recién nacido, no habla; pero es la Palabra eterna del Padre. Se ha dicho que el pesebre es una cátedra. Nosotros deberíamos hoy «enten­der las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres» .
Nace pobre, y nos enseña que la felicidad no se encuentra en la abundancia de bienes. Viene al mun­do sin ostentación alguna, y nos anima a ser hu­mildes y a no estar pendientes del aplauso de los hombres. «Dios se humilla para que podamos acer­carnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad» .
Hacemos un propósito de desprendimiento y de humildad. Miramos a María y la vemos llena de ale­gría. Ella sabe que ha comenzado para la humanidad una nueva era: la del Mesías, su Hijo. Le pedimos no perder jamás la alegría de estar junto a Jesús.

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