viernes, 24 de diciembre de 2010

NAVIDAD

Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el Cielo, ha descendido la paz sobre nosotros. «Acabamos de oír un mensaje rebosante de alegría y digno de todo aprecio: Cristo Jesús, el Hijo de
Dios, ha nacido en Belén de Judá. El anuncio me estremece, mi espíritu se enciende en mi interior y se apresura, como siempre, a comunicaros esta ale­gría y este júbilo», anuncia San Bernardo. Y todos nos ponemos en camino para contemplar y ado­rar a Jesús, pues todos tenemos necesidad de El; es de El de lo único que tenemos verdadera necesi­dad. No hay tal andar como buscar a Cristo. // No hay tal andar como a Cristo buscar //. Que no hay tal andar, canta un villancico popular, diciéndonos que ningún camino que emprendamos vale la pena si no termina en el Niño Dios.
«Hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede ha­ber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mor­talidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.
»Nadie tiene por qué sentirse alejado de la par­ticipación de semejante gozo, a todos es común el motivo para el júbilo: porque nuestro Señor, des­tructor del pecado y de la muerte, como no ha en­contrado a nadie libre de culpa, ha venido a libe­rarnos a todos. Que se alegre el santo, puesto que se acerca a la victoria. Alégrese el gentil, ya que se le llama a la vida.
»Pues el Hijo, al cumplirse la plenitud de los tiempos (...) asumió la naturaleza del género hu­mano para reconciliarla con su Creador». De aquí nace para todos, como un río incontenible, la alegría de estas fiestas.
Cantamos con júbilo en estos días de Navidad porque el amor está entre nosotros hasta el fin de los tiempos. La presencia del Niño es el amor en medio de los hombres; y el mundo no es ya un lu­gar oscuro: quienes buscan amor saben donde en­contrarlo. Y es de amor de lo que esencialmente anda necesitado cada hombre; también aquellos que pretenden estar satisfechos de todo.
Cuando en el día de hoy nos acerquemos a be­sar al Niño o contemplemos un Nacimiento, o me­ditemos en este gran misterio, que agradezcamos a Dios su deseo de abajarse hasta nosotros para ha­cerse entender y querer, y que nos decidamos a ha­cernos también como niños, para poder así entrar un día en el reino de los cielos. Terminamos nues­tra oración diciéndole a Dios Nuestro Padre: concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condi­ción humana.
Santa María, Madre de Dios, ruega por noso­tros.

martes, 21 de diciembre de 2010

MEDITACIÓN DE NAVIDAD

Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó para acompañarles a gente sencilla, unos pas­tores, quizá porque, como eran humildes, no se asustarían al encontrar al Mesías en una cueva, envuelto en pañales.
Son los pastores de aquellos contornos a quie­nes se refería el profeta Isaías: el pueblo que cami­naba en tinieblas vio una gran luz'.
En esta primera noche sólo en ellos se cumple la profecía. Ven una gran luz: la gloria del Señor los envolvió de claridad. No temáis, les dice un ángel, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo; hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor.
Esa noche son los primeros y los únicos en sa­berlo. «En cambio hoy lo saben millones de hom­bres en todo el mundo. La luz de la noche de Belén ha llegado a muchos corazones, y, sin embargo, al mismo tiempo, permanece la oscuridad. A veces, incluso parece que más intensa (...). Los que aque­lla noche lo acogieron, encontraron una gran ale­gría. La alegría que brota de la luz. La oscuridad del mundo superada por la luz del nacimiento de Dios (...).
»No importa que, en esa primera noche, la noche del nacimiento de Dios, la alegría de este acon­tecimiento llegue sólo a estos pocos corazones. No importa. Está destinada a todos los corazones hu­manos. ¡Es la alegría del género humano, alegría sobrehumana! ¿Acaso puede haber una alegría ma­yor que ésta, puede haber una Nueva mejor que és­ta: el hombre ha sido aceptado por Dios para con­vertirse en hijo suyo en este Hijo de Dios, que se ha hecho hombre?».
Dios quiso que estos pastores fueran también los primeros mensajeros; ellos irán contando lo que han visto y oído. Y todos los que les escucharon se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho ". Igualmente a nosotros se nos revela Jesús en medio de la normalidad de nuestros días; y tam­bién son necesarias las mismas disposiciones de sen­cillez y de humildad para llegar hasta El. Es posi­ble que a lo largo de nuestra vida nos. dé señales que, vistas con ojos humanos, nada digan. Hemos de estar atentos para descubrir a Jesús en la senci­llez de lo ordinario, envuelto en pañales y reclinado en un pesebre, sin manifestaciones aparatosas. Y todo el que ve a Cristo se siente movido a darlo a conocer enseguida. No puede esperar.
Naturalmente que los pastores no se pondrían en camino sin regalos para el recién nacido. En el mundo oriental de entonces era inconcebible que alguien se presentase a una persona elevada sin al­gún regalo. Llevarían lo que tenían a su alcance: algún cordero, queso, manteca, leche, requesón... . Sin duda que no es demasiado desacier­to figurarse la escena tal como la representan los innumerables «belenes» de estos días y la pregonan os «villancicos» cantados con sencillez por el pue­blo cristiano y con los que muchos de nosotros, qui­zá, hemos hecho nuestra oración.
María y José, sorprendidos y alegres, invitan a los tímidos pastores a que entren y vean al Niño, y lo besen y le canten, y le dejen cerca del pesebre sus presentes.
Nosotros tampoco podemos ir a la gruta de Be­lén sin nuestro regalo.
Quizá lo que nos agradecería la Virgen es un alma más entregada, más limpia, más alegre porque es consciente de su filiación divina, mejor dispues­ta a través de una Confesión más contrita, para que el Señor habite con más plenitud en nosotros. Esa Confesión que tal vez Dios lleva esperando hace tiempo...
María y José nos están invitando a entrar. Y, una vez dentro, le decimos a Jesús con la Iglesia: Rey del universo a quien los pastores encontraron envuelto en pañales, ayúdanos a imitar siempre tu pobreza y tu sencillez


MEDITACION PARA ESTE 21 DE DICIEMBRE

Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
La Virgen se da del todo a lo que Dios le pide. En un momento sus planes personales -los tendría- quedan en un rincón para hacer lo que Dios le propone. No puso excusas. Desde el primer momento, Jesús es el ideal único y grandioso para el que vive.
Nuestra Señora manifestó una generosidad sin límites a lo largo de toda su existencia aquí en la tierra. De los pocos pasajes del Evangelio que se refieren a su vida, dos de ellos nos hablan directamente de su atención a los demás: fue generosa con su tiempo para atender a su prima Santa Isabel hasta que nació Juan; estuvo preocupada por el bienestar de los demás, como nos muestra su intervención en las bodas de Caná. Fueron actitudes habituales en Ella. Mucho tendrían que decirnos sus paisanos de Nazaret de los incontables detalles de María con ellos en la convivencia diaria.
La Virgen no piensa en sí misma, sino en los demás. Trabaja en las faenas de la casa con la mayor sencillez y con mucha alegría; también con gran recogimiento interior, porque sabe que el Señor está en Ella. Todo queda santificado en la casa de Isabel por la presencia de la Virgen y del Niño que va en su seno.
En María comprobamos que la generosidad es la virtud de las almas grandes, que saben encontrar la mejor retribución en el haber dado: habéis recibido gratis, dad gratis. La persona generosa sabe dar cariño, comprensión, ayudas materiales..., y no exige que la quieran, la comprendan, la ayuden. Da, y se olvida de que ha dado. Ahí está toda su riqueza. Ha comprendido que es mejor dar que recibir. Descubre que amar «es esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder amar de verdad conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo, dar gratuitamente... Esta desposesión de uno mismo(...) es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad».
El dar ensancha el corazón y lo hace más joven, con más capacidad de amar. El egoísmo empobrece, hace el propio horizonte más pequeño. Cuanto más damos, más nos enriquecemos.
A la Virgen le suplicamos hoy que nos enseñe a ser generosos, en primer lugar con Dios, y luego con los demás, con quienes conviven o trabajan junto a nosotros, con quienes nos encontramos en las diversas circunstancias de la vida. Que sepamos darnos en el servicio a los demás, en la vida ordinaria de cada día.

viernes, 17 de diciembre de 2010

cuarto Domingo de Adviento

El espíritu del Adviento consiste en buena parte en vivir cerca de la Virgen en este tiempo en el que Ella lleva en su seno a Jesús. La vida nuestra es también un adviento un poco más largo, una espera de ese momento definitivo en el que nos encontraremos por fin con el Señor para siempre. El cristiano sabe que este adviento ha de vivirlo junto a la Virgen todos los días de su vida si quiere acertar con seguridad en lo único verdaderamente importante de su existencia: encontrar a Cristo en esta vida, y después en la eternidad.
Y para preparar la Navidad, ya tan cercana, nada mejor que acompañar en estos días a Santa María, tratándola con más amor y más confianza.
Nuestra Señora fomenta en el alma la alegría, porque con su trato nos lleva a Cristo. Ella es «Maestra de esperanza. María proclama que la llamarán bienaventurada todas las generaciones (Lc 1, 48). Humanamente hablando, ¿en qué motivos se apoyaba esa esperanza? ¿Quién era Ella, para los hombres y mujeres de entonces? Las grandes heroínas del Viejo Testamento -Judit, Ester, Débora- consiguieron ya en la tierra una gloria humana (...). ¡Cómo contrasta la esperanza de Nuestra Señora con nuestra impaciencia! Con frecuencia reclamamos a Dios que nos pague enseguida el poco bien que hemos efectuado. Apenas aflora la primera dificultad, nos quejamos. Somos, muchas veces, incapaces de sostener el esfuerzo, de mantener la esperanza».
No cae en desaliento quien padece dificultades y dolor, sino el que no aspira a la santidad y a la vida eterna, y el que desespera de alcanzarlas. La primera postura viene determinada por la incredulidad, por el aburguesamiento, la tibieza y el excesivo apegamiento a los bienes de la tierra, a los que considera como los únicos verdaderos. El desaliento, si no se le pone remedio, paraliza los esfuerzos para hacer el bien y superar las dificultades. En ocasiones, el desánimo en la propia santidad está determinado por la debilidad del querer, por miedo al esfuerzo que comporta la lucha ascética y tener que renunciar a apegamientos y desórdenes de los sentidos. Tampoco los aparentes fracasos de nuestra lucha interior o de nuestro afán apostólico pueden desalentarnos: quien hace las cosas por amor a Dios y para su Gloria no fracasa nunca: «Convéncete de esta verdad: el éxito tuyo -ahora y en esto- era fracasar. -Da gracias al Señor y ¡a comenzar de nuevo!». «No has fracasado: has adquirido experiencia-. ¡Adelante!».
Dentro de pocos días veremos en el belén a Jesús en el pesebre, lo que es una prueba de la misericordia y del amor de Dios. Podremos decir: «En esta Nochebuena todo se para en mí. Estoy frente a Él: no hay nada más que Él, en la inmensidad blanca. No dice nada, pero está ahí...Él es Dios amándome». Y si Dios se hace hombre y me ama, ¿cómo no buscarle? ¿Cómo perder la esperanza de encontrarle si Él me busca a mí? Alejemos todo posible desaliento; ni las dificultades exteriores ni nuestra miseria personal pueden nada ante la alegría de la Navidad que ya se acerca.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

PARA MEDITAR EN NAVIDAD

En aquellos días se promulgó un edicto de Cé­sar Augusto, para que se empadronase todo el
mundo.
Ahora nosotros podemos ver con claridad que fue una providencia de Dios aquel decreto del em­perador romano. Por esta razón María y José fueron a Belén y allí nació Jesús, según había sido pro­fetizado muchos siglos antes.
La Virgen sabía que estaba ya próximo el naci­miento de Jesús, y emprendió aquel viaje con el pen­samiento puesto en el Hijo que le iba a nacer en el pueblo de David.
Llegaron a Belén, con la alegría de estar ya en el lugar de sus antepasados, y también con el can­sancio de un viaje por caminos en malas condicio­nes, durante cuatro o cinco jornadas. La Virgen, en su estado, debió llegar muy cansada. Y en Belén no encontraron dónde instalarse. No hubo pa­ra ellos lugar en la posada, dice San Lucas, con frase escueta. Quizá José juzgara que la posada re­pleta de gente no era sitio adecuado para Nuestra Señora, especialmente en aquellas circunstancias. San José debió de llamar a muchas puertas antes de llevar a María a un establo, en las afueras. Nos imaginamos bien la escena: José explicando una y otra vez, con angustia creciente, la misma historia, «que venían de...», y María a pocos metros, vien­do a José y oyendo las negativas. No dejaron en­trar a Cristo. Le cerraron las puertas. María siente pena por José, y por aquellas gentes. ¡Qué frío es el mundo para con su Dios!
Quizá fue la Virgen quien propuso a José instalarse provisionalmente en alguna de aquellas cuevas, que hacían de establo a las afueras del pueblo. Probablemente le animó, diciéndole que no se preo­cupara, que ya se arreglarían... José se sintió con­fortado por las palabras y la sonrisa de María. De modo que allí se aposentaron con los enseres que habían podido traer desde Nazaret: los pañales, al­guna ropa que ella misma había preparado con la ilusión que sólo saben poner las madres en su pri­mer hijo...
Y en aquel lugar sucedió el acontecimiento más grande de la humanidad, con la más absoluta sen­cillez: Y sucedió —nos dice San Lucas— que es­tando allí se le cumplió la hora del parto. Maríaenvolvió a Jesús con inmenso amor en unos paña­les y lo recostó en el pesebre.
La Virgen tenía la fe más perfecta que cualquier otra persona antes o después de Ella. Y todos sus gestos eran expresión de su fe y de su ternura. Le besaría los pies porque era su Señor, le besaría la cara porque era su hijo. Se quedaría mucho tiem­po quieta contemplándolo.
Después, María puso al Niño en brazos de José, que sabe bien que es el Hijo del Altísimo, al que debe cuidar, proteger, enseñarle un oficio. Toda su vida está centrada en este Niño indefenso.
Jesús, recién nacido, no habla; pero es la Palabra eterna del Padre. Se ha dicho que el pesebre es una cátedra. Nosotros deberíamos hoy «enten­der las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres» .
Nace pobre, y nos enseña que la felicidad no se encuentra en la abundancia de bienes. Viene al mun­do sin ostentación alguna, y nos anima a ser hu­mildes y a no estar pendientes del aplauso de los hombres. «Dios se humilla para que podamos acer­carnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad» .
Hacemos un propósito de desprendimiento y de humildad. Miramos a María y la vemos llena de ale­gría. Ella sabe que ha comenzado para la humanidad una nueva era: la del Mesías, su Hijo. Le pedimos no perder jamás la alegría de estar junto a Jesús.

viernes, 10 de diciembre de 2010

LA ALEGRIA DEL ADVIENTO
-Adviento: tiempo de alegría y de esperanza. La alegría es estar cerca de Jesús; la tristeza, perderle.
-La alegría del cristiano. Su fundamento.
-Llevar alegría a los demás. Es imprescindible en toda labor de apostolado.
I. La liturgia de la Misa de este domingo nos trae la recomendación repetida que hace San Pablo a los primeros cristianos de Filipos: Estad siempre alegres en el Señor; de nuevo os lo repito, alegraos . Y a continuación, el Apóstol da la razón fundamental de esta alegría profunda: el Señor está cerca.
Es también la alegría del Adviento y la de cada día: Jesús está muy cerca de nosotros. Está cada vez más cerca. Y San Pablo nos da también la clave para entender el origen de nuestras tristezas: nuestro alejamiento de Dios, por nuestros pecados o por la tibieza.
El Señor llega siempre a nosotros en la alegría y no en la aflicción. «Sus misterios son todos misterios de alegría; los misterios dolorosos los hemos provocado nosotros».
Alégrate, llena de gracia, porque el Señor está contigo, le dice el Angel a María. Es la proximidad de Dios la causa de la alegría en la Virgen. Y el Bautista, no nacido aún, manifestará su gozo en el seno de Isabel ante la proximidad del Mesías. Y a los pastores les dirá el Angel: No temáis, os traigo una buena nueva, una gran alegría que es para todo el pueblo; pues os ha nacido hoy un Salvador.... La Alegría es tener a Jesús, la tristeza es perderle.
La gente seguía al Señor y los niños se le acercaban (los niños no se acercan a las personas tristes), y todos se alegraban viendo las maravillas que hacía.
Después de los días de oscuridad que siguieron a la Pasión, Jesús resucitado se aparecerá a sus discípulos en diversas ocasiones. Y el Evangelista irá señalando una y otra vez que los Apóstoles se alegraron viendo al Señor. Ellos no olvidarán jamás aquellos encuentros en los que sus almas experimentaron un gozo indescriptible.
Alegraos, nos dice hoy San Pablo. Y tenemos motivos suficientes. Es más, poseemos el único motivo: El Señor está cerca. Podemos aproximarnos a Él cuanto queramos. Dentro de pocos días habrá llegado la Navidad, nuestra fiesta, la de los cristianos, y la de la humanidad, que sin saberlo está buscando a Cristo. Llegará la Navidad y Dios nos espera alegres, como los pastores, como los Magos, como José y María.
Nosotros podremos estar alegres si el Señor está verdaderamente presente en nuestra vida, si no lo hemos perdido, si no se han empañado nuestros ojos por la tibieza o la falta de generosidad. Cuando para encontrar la felicidad se ensayan otros caminos fuera del que lleva a Dios, al final sólo se halla infelicidad y tristeza. La experiencia de todos los que, de una forma o de otra, volvieron la cara hacia otro lado (donde no estaba Dios), ha sido siempre la misma: han comprobado que fuera de Dios no hay alegría verdadera. No puede haberla.
Encontrar a Cristo, y volverlo a encontrar, supone una alegría profunda siempre nueva.

martes, 7 de diciembre de 2010

LA CRUZ DE SAN BENITO

La cruz-medalla de San Benito data de una época muy antigua y debe su origen a la gran devoción que el Santo profesaba al signo adorable de nuestra Redención y al uso frecuente que de él hacía y que recomendaba a sus discípulos para vencer las tentaciones, ahuyentar al demonio y obrar maravillas.
En un principio y durante muchos años , la devoción a esta Cruz-Medalla de San Benito, fue meramente local y exclusiva de los monasterios benedictinos; pero la curación milagrosa del joven Bruno (mas tarde el Papa León IX) en el siglo IX, lo ocurrido con ella en Baviera en 1647, y sobre todo el breve de Benedicto XIV (12 de Marzo de 1742), y la declaración de las hechiceras de Baviera que al ser apresadas en 1647 confesaron que sus maleficios contra el monasterio de Metten resultaban sin efecto alguno, contribuyeron poderosamente a su propagación.
La medalla de San Benito representa, en un lado la imagen de la Cruz y, en el otro, la del Santo Patriarca.
El lado de la Cruz suele estar encabezado, o por el monograma del salvador: IHS, o por el lema de la orden benedictina: PAX.
En los cuatro ángulos de la Cruz se encuentran grabadas las siguientes iniciales: C.S.P.B., que significan: Crux Sancti Patris Benedicti, o sea: Cruz del Santo Padre Benito; las cuales son como un anuncio de la Medalla y no forman parte del exorcismo.
En la línea vertical y horizontal y alrededor de la Cruz, se leen, en el siguiente orden, estas otras iniciales, cuyas palabras componen la oración u exorcismo que tanto teme Satanas y que conviene repetir a menudo.

C.S.S.M.L.
CRUX SANCTA SIT MIHI LUZ.
La Santa Cruz sea mi luz.
N.D.S.M.D.
NON DRACO SIT MIHI DUX.
No sea el dragón mi guía.
V.R.S.
VADE RETRO SATANA.
Retírate, Satanás.
N.S.M.V.
NUMQUAM SAUDE MIHI VANA.
No me aconsejes vanidades.
S.M.Q.L.
SUNT MALA QUAE LIBAS.
Son cosas malas las que tú brindas.
I.V.B.
IPSE, VENENA BIBAS.
Bebe tu esos venenos.

Una de las devociones mas difundidas, y no solo por la influencia de los monasterios benedictinos, es la Cruz de San Benito, especialmente en forma de medalla, que es la más frecuente. Presentaremos brevemente su significado y haremos su historia, para atender al deseo de muchos amigos y devotos de San Benito.

La Medalla

La medalla presenta, por un lado, la imagen del Santo Patriarca, y por el otro, una cruz y en ella y a su alrededor, las letras iniciales de una oración ó exorcismo, que dice así (en latín y castellano):

      CRUX SANTI PATRI BENEDICTI
      Cruz del santo Padre Benito
      CRUX SACRA SIT MIHI DUX
      Mi luz sea la cruz santa
      NON DRACO SIT MIHI DUX
      No sea el demonio mi guía
      VA DE RETRO SATANA
      ¡Apártate, Satanás!
      NUMQUAM SUADE MIHI VANA
      Ni sugieras cosas vanas,
      SUNT MALA QUAE LIBAS
      Pues maldad es lo que brindas
      IPSE VENENA BIBAS
      Bebe tu mismo el veneno

Como se puede apreciar por las iniciales distintivas en la cruz, a esta, el texto de la plegaria la
acompaña siempre, y a la vez es una ayuda para la recitación de la misma. El texto latino se compone - después del título: Crux Santi Patri Benedicti (C.S.P.B.) - de tres dísticos, que encierran una invocación a la Santa Cruz, con el deseo suplicante de tenerla como guia y apoyo, y la expresión del rechazo a Satanás a quien se manda que se aparte - con las palabras de Jesús, cuando fue tentado por él (Mt 4,10) -, manifestando que no va a escuchar sus sugerencias, pues es malo lo que ofrece. Es una auténtica confesión de fe y de amor a Cristo, y una renuncia al diablo.

El bautismo y la cruz

Notemos que en este breve texto, la victoria sobre el demonio se atribuye a la cruz de Jesucristo, que es luz y guia para el fiel, y que se opone al veneno y a la maldad del tentador. Es un eco de la consagración bautismal, de donde se impone la cruz al neófito, quien es lavado con el agua de la regeneración y recibe la luz del Señor Resucitado; pronuncia también las palabras de renuncia al demonio y confiesa la fe.

Por ello el cristiano que lleva la medalla no lo hace con una preocupación supersticiosa por apartar
a los malos espíritus, sino consiente que es por la presencia del Señor Jesucristo y una vida conforme a la gracia, como habrá de mantener alejado al diablo y sus tentaciones. El futuro de esa devota práctica, la protección de Dios, se alcanza con una vida que sea después coherente al Evangelio. Donde está la gracia divina, no se puede aproximar el demonio. Pero el combate contra las asechanzas y tentaciones diabólicas no le va a faltar al fiel, pues el Maligno quiere impedir su camino hacia Dios, es entonces que la oración, la señal de la cruz, la invocación a Cristo Nuestro Señor y de los santos, son necesarios. Escribe Don Guéranger:

      No es preciso explicar al cristiano lector la fuerza de esta conjuración, que opone a
      los sacrificios y violencias de Satanás aquello que le causa el mayor temor: la cruz,
      el santo nombre de Jesús, las propias palabras del Salvador en la tentación, y en fin,
      el recuerdo de las victorias que el gran Patriarca San Benito obtuvo sobre el dragón
      infernal 1.

El Ejemplo de San Benito

El origen de la Cruz de San Benito no puede atribuirse con certeza al mismo santo. Más adelante
veremos las circunstancias históricas en que aparece y se difunde esta devoción. Pero su sentido es
profundamente coherente con la espiritualidad que inspiraba el padre de los monjes del Occidente y que este supo transmitir a sus hijos. la vocación a la vida eterna es la llamada de Dios a la salvación en Jesucristo, y esta llamada espera una respuesta, no solo con los labios, sino con el corazón. En la Regla escrita para sus monjes, San Benito dejó su enseñanza :

      Escucha, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto
      el consejo de un padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente. Así volverás por el trabajo de
      la obediencia, a aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia.
El "trabajo de obediencia" es la respuesta solícita del que ama a Dios y hace su voluntad; es el fruto de la caridad, del amor generoso y desinteresado. La desobediencia es el resultado de la tentación en el paraíso donde el demonio sugirió a Adán y Eva que hicieran su propia voluntad, satisfaciendo sus deseos y aspiraciones de poder. Ese pecado de nuestros primeros padres dejó su consecuencia a todos sus descendientes, y aunque el sacrificio de Cristo nos reconcilió con el Padre de los cielos, somos siempre deudores suyos y nacemos con la mancha original.
El bautismo nos limpia del pecado original, nos hace hijos de Dios y nos da la vida de la gracia. La vocación del cristiano nace en el bautismo, y de esta manera tiene la fuerza para resistir al diablo, si es fiel y consecuente con los dones recibidos, Pero justamente necesite responder a esa vocación y a los dones de Dios, con amor filial y con sus obras sin lo cual podría ser presa de las malas tentaciones. El demonio si bien ha sido derrotado, tiene todavía sus asechanzas, y encuentra muchas veces en nosotros un oído que se deja seducir. Por eso San Benito nos exhorta a no atender a esa voz que nos sugiere cosas malas, y escuchar mas bien la que nos viene de Dios, en el Evangelio en toda Escritura, en la Iglesia, y en la oración, y a través de maestros experimentados en las vías del espíritu.
Es ante todo de esa manera que debemos considerar la protección contra el demonio, que Dios nos presta por la intersección de sus santos. Satanás será menos fuerte con los que viven en la comunión con Dios y se esfuerza por obrar el bien. Y ello se debe a la virtud del bautismo, del cual procede la vida del cristiano y donde nace y se desarrolla la vocación a la perfección y a la vida monástica. Escribe un autor:
      Quien quiera.que se lance resueltamente a la búsqueda de la realidades sobrenaturales
      sentirá muy pronto que en él se enfrentan Dios y el diablo. Todo compromiso con
      Dios conlleva, pues, la necesidad de armarse contra el ángel caído. Esto es claramente
      visible desde el primer compromiso cristiano, que sanciona el sacramento del bautismo:
      la renuncia a Satanás va junto con el ingreso en la iglesia.

El signo de la cruz y la protección contra el demonio en la vida de San Benito

Con este signo de salvación, San Benito se libró del veneno que unos malos monjes le ofrecieron: Cuando fue presentado al abad, al sentarse a la mesa, la vasija de cristal que contenía la bebida envenenada para que la bendijera, según costumbre en el monasterio, Benito, extendiendo la mano, hizo la señal de la cruz y con ella se quebró el vaso que estaba a cierta distancia; y de tal modo se rompió, que parecía que aquel vaso de muerte, en lugar de la cruz, le hubiesen dado una piedra. Comprendió en seguida el barón de Dios que debía contener una bebida de muerte lo que no había podido soportar la señal de la vida. EL episodio, según el relato gregoriano, debió inspirar las palabras del exorcismo referidas referidas a la bebida que ofrece el Maligno, así como protección atribuida a la señal de la cruz.

Los ataques del demonio también se dieron contra el abad de Casino y sus monjes: el "antiguo enemigo", muy contrario por la conversión de los paganos de la región atraídos por la predicación del Santo, se presentaba a sus ojos amenazarlo y aterrorizar a los suyos: Pero el antiguo enemigo, no sufriendo estas cosas en silencio, se aparecía no ocultamente o en sueños, sino en clara visión a los ojos del padre, y con grandes gritos que quejaba de la violencia que tenia que padecer por su causa, tanto que hasta los hermanos oían sus voces, aunque no veían su imagen. Sin embargo, el venerable abad contaba a sus discípulos que el antiguo enemigo aparecía a sus ojos corporales horrible y encendido y que parecía amenazarle con su boca y con sus ojos llameantes. Y la verdad, lo que decía lo oían todos, por que primero lo llamaba por su nombre; y como el barón de Dios no le respondiese, prorrumpia en seguida en ultrajes contra el. Así, cuando gritaba, diciendo: "Benito, Benito", y veía que le daba la callada por respuesta , añadía al instante: "Maldito y no Bendito ¿que tienes conmigo?, ¿por que me persigues?. Estos ataques directos, combates encarnizados con el demonio, son una constante en la vida de San Benito, que le proporcionó con ellos ocasiones de nuevas victorias, como dice San Gregorio poco después.

Ya en el comienzo de la permanencia en Subdiaco, el demonio rompe la campanilla de que se servia el monje Román para avisar a nuestro Santo cuando debía retirar sus alimentos. Leemos también que el demonio en forma de un ave negra, le provoca terribles tentaciones al mismo Benito, y a otro monje lo distrae de la plegaria, llevándolo a vagar. A un hermano lo lleva a mostrarse soberbio, ganado por los malos pensamientos que el demonio le sugiere; significativamente, Benito, advirtiendo su turbación, le manda: Traza una cruz, hermano, sobre tu corazón. Inspira al presbítero Florencio que , celoso, hostigue a Benito y sus discípulos, y siempre busca dificultar la vida del monasterio tanto en lo material, como en lo espiritual, suscitando inconvenientes de todo tipo, como a la muerte de un adolescente.

El signo de la cruz y la protección contra el demonio en la vida de San Benito

Estos episodios, relatados por el Papa San Gregorio, muestran de que manera San Benito combatía con el demonio, el cual lo atacaba constantemente, como adversario de toda obra buena. Un encuentro con el demonio ilustra lo dicho: Yendo un día el Santo al oratorio de San Juan, sito en la misma cumbre del monte, saliole al encuentro el antiguo enemigo bajo la forma de un albéitar (o médico), llevando le un vaso de cueno con brebajes. Como Benito le preguntara adónde iba, él le contestó :"me voy a darles una porción a los hermanos". Fuese entonces el venerable padre a la oración , y concluida esta, volvió inmediatamente. El maligno espíritu, por su parte, encontró a un monje anciano sacando agua, y al punto entró en el y lo arrojó en tierra, atormentándole furiosamente. Al volver de la oración el barón de Dios, viendo que era torturado con tal crueldad, diole tan solo una bofetada y al momento salió el maligno espíritu, de suerte que no osó volver mas a él.
Su mejor defensa era, con la oración, la fidelidad al Señor y la confianza con El, la caridad, la constancia en el bien, la práctica de la justicia. Una vida santa, por una parte provoca la enemistad del demonio, mas por la otra, es la mejor defensa contra él, pues donde está Dios por la gracia, no puede entrar a dominar el terrible enemigo.

domingo, 7 de noviembre de 2010

MES DE MARIA

Los poetas tienen la gracia singular de saber sintetizar con pocas palabras muchos y profundos conceptos. He aqui la poesia que traen las Visperas de esta fiesta: "Reina y Madre, Virgen pura, que sol y cielo pisais, a vos sola no alcanzó, la triste herencia de Adan. ¿Como en vos, Reina de todos, si llena de gracia estais, pudo caber igual parte de la culpa original?. De toda mancha estais libre: ¿y quien pudo imaginar, que vino a faltar la gracia, en donde la gracia esta? Si los hijos de sus padres, toman el fuero en que estan ¿como pudo ser cautiva, quien dio a luz la libertad?".Y el de Laudes: "Ninguno del ser humano, como vos se pudo ver; que a otros los dejan caer, y despues les dan la mano. Mas vos, Virgen, no caiste, como los otros cayeron, que siempre la mano os dieron, con que preservada fuiste. Yo, cien mil veces caido, os suplico que me deis, la vuestra, y me levanteis, porque no quede perdido. Y por vuestra Concepcion, que fue de tan gran pureza, conserva en mi la limpieza, del alma y del corazon, para que de esta manera, suba con vos a gozar, del que solo puede dar, vida y gloria verdadera".Hoy es el dia grande para el cielo y para la tierra. A la Virgen Maria, que ya habia sido proclamada como Madre de Dios y como Virgen antes del parto, en el parto y despues del parto, le faltaba todavia que le fuera engarzada en su corona refulgente esta perla preciosisima de su CONCEPCION INMACULADA. Asi lo defendian durante siglos tantos y tantos fervorosos santos y profundos teologos. Pero la cosa no estaba clara del todo ya que habia que salvar los dogmas de la universalidad del pecado como hijos de Adan, y, sobre todo, la universalidad de la salvacion realizada por Jesucristo. Santos tan enamorados de Maria como San Alberto Magno, San Bernardo, Santo Tomas de Aquino, recurrian a argumentos teologicos que defendian que, aunque hubiera sido unos instantes, o de forma ininteligible para la mente humana, era necesario que la Virgen hubiera estado algun tiempo bajo el dominio de la serpiente infernal. No lo vio asi Duns Scoto, Juan Bacon y otros autores tambien famosos ya que defendian que habia dos clases de redencion: Que redime de algo caido y que preserva para impedir que se caiga. De esta segunda forma habia sido redimida, es decir, de modo mucho mas sublime, la Virgen Maria, porque estaba designada para ser la Madre del Redentor. En vistas a ello fue "preservada de toda mancha de pecado antes de ser concebida en el seno de su madre".Esta verdad llegara a ser dogma definido, aunque ya hacia siglos que era verdad profesada por la mayor parte de la cristiandad, el dia 8 de diciembre de 1854, por la bula Ineffabilis Deus del Papa Pio IX. Este mismo Papa dijo en aquella ocasion: "La Virgen fue toda pura, toda sin mancha y como el ideal de toda pureza y hermosura; mas hermosa que la hermosura, mas bella que la belleza, mas santa que la santidad y sola santa, y purisima en cuerpo y alma, la cual supero toda integridad y virginidad". En la Bula definio: "La doctrina que afirma que la Virgen, en el primer instante de su concepcion, fue preservada inmune de toda mancha de pecado de origen por una singularisima gracia y privilegio de la omnipotencia divina y en atencion a los meritos del Redentor del genero humano, es doctrina revelada y ha de ser asi creida por los cristianos".Cantaban nuestros clasicos: "Pudo, quiso, luego lo hizo". E1 "Ave Maria Purisima" sera el grito que brotara de todo hijo bien nacido hacia su Madre. En España durante siglos nuestros reyes, santos, literatos, militares y todo el pueblo defendia y vivia este dogma mariano. España la eligio como Patrona de la nacion y difundio su devocion por todos los paises americanos.
MES DE MARIA

Los poetas tienen la gracia singular de saber sintetizar con pocas palabras muchos y profundos conceptos. He aqui la poesia que traen las Visperas de esta fiesta: "Reina y Madre, Virgen pura, que sol y cielo pisais, a vos sola no alcanzó, la triste herencia de Adan. ¿Como en vos, Reina de todos, si llena de gracia estais, pudo caber igual parte de la culpa original?. De toda mancha estais libre: ¿y quien pudo imaginar, que vino a faltar la gracia, en donde la gracia esta? Si los hijos de sus padres, toman el fuero en que estan ¿como pudo ser cautiva, quien dio a luz la libertad?".Y el de Laudes: "Ninguno del ser humano, como vos se pudo ver; que a otros los dejan caer, y despues les dan la mano. Mas vos, Virgen, no caiste, como los otros cayeron, que siempre la mano os dieron, con que preservada fuiste. Yo, cien mil veces caido, os suplico que me deis, la vuestra, y me levanteis, porque no quede perdido. Y por vuestra Concepcion, que fue de tan gran pureza, conserva en mi la limpieza, del alma y del corazon, para que de esta manera, suba con vos a gozar, del que solo puede dar, vida y gloria verdadera".Hoy es el dia grande para el cielo y para la tierra. A la Virgen Maria, que ya habia sido proclamada como Madre de Dios y como Virgen antes del parto, en el parto y despues del parto, le faltaba todavia que le fuera engarzada en su corona refulgente esta perla preciosisima de su CONCEPCION INMACULADA. Asi lo defendian durante siglos tantos y tantos fervorosos santos y profundos teologos. Pero la cosa no estaba clara del todo ya que habia que salvar los dogmas de la universalidad del pecado como hijos de Adan, y, sobre todo, la universalidad de la salvacion realizada por Jesucristo. Santos tan enamorados de Maria como San Alberto Magno, San Bernardo, Santo Tomas de Aquino, recurrian a argumentos teologicos que defendian que, aunque hubiera sido unos instantes, o de forma ininteligible para la mente humana, era necesario que la Virgen hubiera estado algun tiempo bajo el dominio de la serpiente infernal. No lo vio asi Duns Scoto, Juan Bacon y otros autores tambien famosos ya que defendian que habia dos clases de redencion: Que redime de algo caido y que preserva para impedir que se caiga. De esta segunda forma habia sido redimida, es decir, de modo mucho mas sublime, la Virgen Maria, porque estaba designada para ser la Madre del Redentor. En vistas a ello fue "preservada de toda mancha de pecado antes de ser concebida en el seno de su madre".Esta verdad llegara a ser dogma definido, aunque ya hacia siglos que era verdad profesada por la mayor parte de la cristiandad, el dia 8 de diciembre de 1854, por la bula Ineffabilis Deus del Papa Pio IX. Este mismo Papa dijo en aquella ocasion: "La Virgen fue toda pura, toda sin mancha y como el ideal de toda pureza y hermosura; mas hermosa que la hermosura, mas bella que la belleza, mas santa que la santidad y sola santa, y purisima en cuerpo y alma, la cual supero toda integridad y virginidad". En la Bula definio: "La doctrina que afirma que la Virgen, en el primer instante de su concepcion, fue preservada inmune de toda mancha de pecado de origen por una singularisima gracia y privilegio de la omnipotencia divina y en atencion a los meritos del Redentor del genero humano, es doctrina revelada y ha de ser asi creida por los cristianos".Cantaban nuestros clasicos: "Pudo, quiso, luego lo hizo". E1 "Ave Maria Purisima" sera el grito que brotara de todo hijo bien nacido hacia su Madre. En España durante siglos nuestros reyes, santos, literatos, militares y todo el pueblo defendia y vivia este dogma mariano. España la eligio como Patrona de la nacion y difundio su devocion por todos los paises americanos.

viernes, 5 de noviembre de 2010

EVANGELIO: Domingo XXXII durante el año, ciclo C

+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 20, 27-38
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron:Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.» Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.Jesús les contestó:–En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir., son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob.» No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.
Palabra del Señor.
El cuerpo como tal posee ya un destino predeterminado, la muerte. El alma posee aun el don de la inmortalidad, la cual sera de gloria o de condenado ambos eternamente segun sus obras. Aqui se le pregunta sobre lo que ocurrira despues, con un cierta ignorancia y maldad. No habla sobre lo que le ocurre a la viuda o sobre al difunto que merece descendencia, sino sobre que ocurrira luego. El señor da a conocer como sera todo despues de la muerte: hablara de que no importara el estado de casado o no, da la seguridad del juicio particular Dios con el alma, habla de el resultado de ser dignos del cielo, da la posibilidad de que no ocurra asi, dira del juicio final en lo que es la resurrecion de los tiempos, y que sera para la vida eterna o la condenacion eterna, dando ejemplos de quienes viven y la gracia es la que da la vida. cuanto debemos buscar la gracia de Dios cuanto debemos con nuestros actos buscar la santidad. Este es el tiempo pro picio para tal fin. Este es el tiempo para alcanzar la eternidad, ahora debemos seguir a Jesus, ya que podemos caer en la condenacion. Signo de esperanza tambien en que vamos a ser salvados, Signo de fe que no nos dejara solos. Signo de amor de que ya entrego su vida y nos mostro el camino para la salvacion. Que en este dia podamos reconocer nuestros defectos, nuestros vicios, nuestros obstaculos para poder escuchar de boca de Dios Hijo: venid benditos de mi Padre al gozo eterno.. Dios los bendiga

martes, 2 de noviembre de 2010

Reflexiones. Voto de ánimas.
REFLEXIONES
Después de todo lo que hemos anotado sobre el purgatorio, podemos decir que el purgatorio no es una cárcel terrible en la cual el alma es prisionera de la venganza divina. NO. El purgatorio es una penosa purificación para hacer capaz al alma de gozar plenamente de la felicidad del paraíso ¿Quién podría decir que es cruel quitarle la pelusa del ojo a alguien para que pueda disfrutar de la belleza del paisaje? ¿Quién consideraría una crueldad el hacer tomar al enfermo de estómago una amarga medicina para que pueda disfrutar del banquete al que está invitado? El alma, en el purgatorio, es una alma enferma que necesita las medicinas de los sufragios, oraciones y misas para sanarse y ser feliz. En el purgatorio, debemos pagar hasta el más mínimo pecado y lavar la más mínima mancha. Por eso, no debemos dejar pasar fácilmente los pecados veniales, como si no tuvieran importancia. Todo pecado, hasta el más pequeño, es una imperfección y una falta de amor a Dios. Aquellos que dicen: “Con un rinconcito en el cielo me conformo”, no saben lo que dicen. Tendrán grandes padecimientos con vivísimos deseos de hacer las buenas obras que no hicieron y verán a muchas almas a quienes han privado de sus buenas acciones. Toda pereza y todo desinterés por mejorar se convertirá en el más allá en gran tormento del alma.

Santa Faustina Kowalska dice en su Diario: “Hoy he conocido interiormente en lo profundo de mi alma lo horrible y espantoso que es el pecado, aun el más pequeño. Preferiría padecer mil infiernos antes que cometer aún el más pequeño pecado venial” (15-3-1937). Veamos lo que le sucedió al Padre Stanislao Choscoa, dominico. Está documentado en la Historia de Polonia de Brovius, del año 1590.

Un día, mientras este santo religioso oraba por los difuntos, se le apareció un alma rodeada de fuego. Él le preguntó, si aquel fuego era más fuerte que el de la tierra. Y le respondió:
- Todo el fuego de la tierra comparado con el del purgatorio es como un aire fresco.
- ¿Podrías darme una prueba?
- Ningún mortal podría soportar la mínima parte de este fuego sin morir al instante. Si quieres hacer una prueba, extiende tu mano.

El religioso puso su mano y le cayó una gota del sudor o del líquido que parecía tal de aquella alma. Fue tan grande su dolor que dio un grito y cayó al suelo desmayado. Vinieron sus hermanos y trataron de asistirlo. Y él les contó lo que le había pasado, exhortando a sus hermanos a huir hasta del más pequeño pecado para no sufrir aquellas horribles penas.

Hay en Roma un museo célebre sobre las almas del purgatorio, que fue fundado en 1900 por el P. Victor Jouet, sacerdote del Sagrado Corazón, que también fundó la revista “El purgatorio”. En este museo se ofrece a los visitantes una serie de documentos auténticos con pruebas de la visita de estas almas a los vivos. En varios objetos, se puede ver las huellas del fuego sobre libros litúrgicos, sobre misales, tejidos y sobre objetos de piedad como crucifijos, etc. Lo cual nos confirma una vez más que en el purgatorio, al menos en ciertos niveles, hay fuego que puede quemar también las cosas de la tierra. ¿Cómo es este fuego, que quema el alma? Sólo Dios lo sabe, pero estas pruebas son suficientes para comprender lo grave que es “quemarse” eternamente en el infierno o los graves sufrimientos que deben pasar las almas, que padecen el “fuego” del purgatorio.

Oremos por las almas del purgatorio. Es una de las mejores obras de caridad que podemos hacer. Personalmente, cuando paso delante de un cementerio, siempre me acuerdo de orar por las almas benditas de ese lugar; y todos los días, en la misa, las encomiendo con especial interés. Lamentablemente, hoy día se está extendiendo la costumbre de la cremación de los cadáveres. Por supuesto que la Iglesia “permite la incineración, cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo” (Cat 2301). Sin embargo, creemos que sería mejor enterrar el cuerpo para tener un lugar de referencia y poder visitarlo y rezar más por él.

Algunas familias acostumbran a guardar en sus casas las cenizas por tiempo indefinido, pero algunos obispos ya han aconsejado repetidas veces que las echen al mar o al río, o mejor las entierren para evitar problemas sicológicos en algunas personas débiles. Y también para evitar que con el tiempo las casas se conviertan en cementerios o museos de las cenizas de toda la familia.
En cuanto a los funerales y pompas fúnebres, está bien que se hagan, pero con la debida moderación, sin gastar mucho dinero en flores y en cosas externas, cuando lo que más necesitan es misas y oraciones. Respecto a los velorios hay que tener respeto al difunto y a los familiares, creando un ambiente de recogimiento y oración. Es lamentable que, en algunos lugares, aprovechan esos momentos para contar chistes, conversar de cosas mundanas y, a veces, para comer y beber en exceso, como si estuvieran en una fiesta. Algo parecido podemos decir del día de los difuntos, cuando mucha gente acostumbra visitar los cementerios.

Algo especialmente grave es no cumplir las obligaciones contraídas con los difuntos para celebrar misas por su alma y guardarse el dinero destinado para ello, al igual que sería muy grave guardarse el dinero destinado a medicinas para curar a un enfermo. Otro dato importante es que el dinero robado o mal empleado debe ser cancelado hasta en el purgatorio. Por eso, los hijos deberían pagar las deudas de sus padres o dar dinero para las misiones o para obras de candad, para cancelar así los pecados de sus padres en este sentido.
Veamos un caso ocurrido en Montefalco, Italia, del 2 de setiembre de 1918 al 9 de noviembre de 1919. Estas manifestaciones de un alma del purgatorio están confirmadas por algunas religiosas del convento y fueron confirmadas por Mons. Pietro Pacifici, obispo de Spoleto, en 1921. Las 28 manifestaciones tuvieron lugar en el convento de las Hnas. Clarisas del convento de San Leonardo de Montefalco. En ningún momento pudieron ver al alma purgante, pero se hacía presente al tomo para hablar brevemente y dejar una limosna, casi siempre de diez liras. Tocaba la campanita de la entrada para que bajara la abadesa, incluso cuando estaban cerradas todas las puertas de entrada al convento y a la Iglesia.

Solía decir: “Dejo aquí diez liras para oraciones”. Cuando le decían de parte de quién, respondía: “No me es permitido decirlo” El 3 de octubre de 1919 dijo claramente a la superiora: “Soy un alma purgante. Son cuarenta años que me encuentro en el purgatorio por haber disipado bienes eclesiásticos”. En otra oportunidad, dijo que era sacerdote.

En total, dejó 300 liras y le fueron celebradas 38 misas. El 9 de noviembre, al bajar la abadesa al sonido de la campana, le dijo: “Alabado sea Jesús y María. Le agradezco a Ud. y a la Comunidad, lo que han orado por m4 ya estoy libre de toda pena”. Y, a petición de la abadesa, le dio la bendición sacerdotal en latín.
El lugar, donde sucedieron estas manifestaciones, ha sido transformado en capilla, dedicada a orar por las almas del purgatorio y, especialmente, por los sacerdotes difuntos. Fue bendecida el 26 de febrero de 1924 y allí se ha erigido una confraternidad a favor de las almas del purgatorio.

En vista de todo esto, sería bueno pedir todos los días a nuestro Padre Dios la gracia de ir directamente al cielo y pedirle también paciencia y resignación para aceptar todos los sufrimientos que quiera enviarnos antes de morir, para pasar nuestro purgatorio aquí en vez de allá. Aprovechemos el tiempo para crecer en el amor.

Recordemos que nuestro cielo será tan grande como la medida de nuestro amor. Y la medida del amor debe ser el amor sin medida. No pongamos límites a nuestro amor a Dios y al prójimo. No nos cansemos de amar a Dios y a los demás. No nos cansemos de mirar a Jesús Eucaristía, pidiéndole que llene nuestro corazón de su amor. Pidamos a la “Madre del Amor Hermoso” (Edo 24,18), a María, que nos enseñe a amar.

De esta manera, en la medida en que amemos con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todo nuestro ser, nos sentiremos realizados como seres humanos, que cumplen fielmente su misión en este mundo. Hemos sido creados por amor y para amar. Sólo en el amor sincero y generoso encontraremos nuestra propia realización personal, el sentido de nuestra vida y el cumplimiento de todas nuestras esperanzas.

Ahora bien, no olvidemos que el tiempo de amar se agota día a día. Que el tiempo de vida es limitado, que no podemos perder el tiempo. El tiempo se va acabando y hay que aprovecharlo bien. Todavía estamos a tiempo para rectificar errores, todavía hay tiempo para amar, después podría ser demasiado tarde. Hagamos de nuestra vida un camino de amor, acumulando un tesoro que nos sirva para la vida eterna. Y recordemos siempre lo que decía la beata Isabel de la S. Trinidad: “En la tarde de la vida sólo queda el amor”.

VOTO DE ÁNIMAS

Puedes hacer, si lo deseas, el voto de ánimas en favor de las ánimas del purgatorio. El P. Dolindo Ruotolo, en su libro “Chi morr, vedr”, narra un hecho que le sucedió a él mismo para indicar la importancia de este voto. Dice así: “El año 1890 vino a mi casa el P. Salvatore De Filippis. Un sacerdote jesuíta que había sido maestro de matemáticas de mi padre, y nos habló del voto heróico o voto de ánimas por las almas del purgatorio, exhortándonos a hacerlo. Yo tenía ocho años, me emocioné y quise hacerlo, Pero,< ¿cómo hacerlo? Entonces, un día pedí a Jesús: “Deseo un libro que me explique como hacerlo yo y mi hermano “. Me dormí con esta petición. A la mañana siguiente, acompañé a mi madre a la misa y comunión como lo hacía ella todos los días. Yo todavía no había hecho la primera comunión. Era muy temprano en la mañana y llovía muy fuerte. Íbamos pegados a las paredes de las casas, cuando a la mitad del recorrido, veo una cosa blanca en el agua y la cojo para ver qué era. Eran dos libritos con el título.’ “Explicación del voto heroico por las almas del purgatorio “. Uno para mí y otro para mi hermano. Era algo extraordinario, una respuesta a mi oración. Aquel mismo día hice el voto por las almas benditas.

Tú puedes hacerlo con éstas o parecidas palabras: “Oh Padre celestial, en unión con los méritos de Jesús y de María, os ofrezco por las almas del purgatorio todas las obras satisfactorias de mi vida entera y todas las que por mí se ofrezcan después de mi muerte, y estas obras las deposito en las purísimas manos de María Inmaculada para que ella las aplique a las almas que, en su sabiduría y bondad maternal, quiera sacar del purgatorio. Dignaos, Dios mío, recibir y aceptar este ofrecimiento que hago por medio de María y dadme la gracia de morir en tu amor. Amén”


“El amor hace perfectas todas las cosas” (J. Agustin)

lunes, 1 de noviembre de 2010

2 DE NOVIEMBRE: conmemoracion de los fieles difuntos

Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los "que siguen al Cordero", nuestro pensamiento acompaña a "los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz". Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?
De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor...
Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos "para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz". Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.
Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de "viatores". Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también "signos del futuro", desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.
El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma. El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la "ciudad santa de Jerusalén", donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.
Noviembre, mes de los difuntos, de las hojas caídas, de los días cortos y del invierno en puertas, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.
Sin querer se nos ha metido una mentalidad pagana al hablar de la muerte. Miramos sólo un aspecto terrorífico y macabro, la corrupción del sepulcro, el abandono de todos, la soledad de la tumba. Resaltamos la parte negativa, el "somos polvo y ceniza del pagano Horacio, hasta el punto de que el propio cardenal Portocarrero pensase que el mejor epitafio para su lápida fuese esta frase, que, bien medida, no sería del todo ortodoxa: Hic iacet, pulvis, cinis et nihil: "Aquí yace polvo, ceniza y nada".
A las concepciones paganas del Renacimiento se unió el espíritu morboso del romanticismo y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos con guadañas, cítaras y columnas rotas...
Esa iconografía es ridícula, y tiene muy poco de cristiana; podrá admitirse para los animales, cuya alma es caduca y sus cuerpos no esperan la resurrección, pero nunca para los fieles que viven anclados en el artículo del credo que dice: "Espero la resurrección de los muertos".
El cristiano "no se muere", en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que "muere", es decir, entrega su alma al Creador". Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.
La Iglesia tiene un rito para que mueran los cristianos, como tiene un rito para el bautismo, para la celebración de la misa, para la ordenación de los sacerdotes y para que contraigan matrimonio los esposos.
Toda la liturgia de la muerte tiende a dar al moribundo una parte activa: profesa su fe en el rito emocionante que nos ha conservado el "Manual Toledano" para antes de recibir el viático; ofrece sus sentidos para la unción, recibe la sagrada Eucaristía como viático o provisión para el viaje a la eternidad; coge con sus dedos el cirio encendido, símbolo de la luz de la fe que se le entregó al ser bautizado; besa el crucifijo, contesta a las oraciones y cierra su vida pronunciando por tres veces el nombre de Jesús. .
En los mismos ritos de la mortaja, de la vela funeraria, del oficio de difuntos, de la misa de cuerpo presente, de la conducción a la sepultura y del enterramiento, el difunto sigue siendo el personaje central de la acción litúrgica; se le inciensa, se le rocía de agua bendita, se le nombra expresamente en las oraciones, se le alumbra con cirios, se le transporta procesionalmente...
Toda la celebración funeraria tiene un sentido comunitario. En ella actúa el párroco o su representante en nombre de la comunidad parroquial y miembros de la misma acompañan a los familiares en Aquel trance de dolor. Es una idea falsa y burguesa querer apartar al sacerdote de la cabecera del moribundo, con pretexto de respetar la intimidad del paciente y la de sus deudos. Es la Iglesia quien se hace presente en circunstancias tan destacadas para acompañar con sus piadosas oraciones el tránsito del fiel del tiempo a la eternidad
Toda la liturgia de la defunción tiene un color bautismal, que quiere decir tanto como pascual. La profesión de fe, que entre nosotros suele renovarse al tiempo del viático, recuerda las interrogaciones que preceden al bautismo. La entrega de un cirio encendido, el lavado del cadáver, la mortaja con un hábito religioso, aun en los seglares, o por lo menos con un vestido digno y como de etiqueta... evocan muchas ceremonias del rito bautismal.
Según San Pablo en su carta a los Romanos el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua. Consepultados con Cristo (anegados en el agua bautismal, muertos al pecado), conresucitados con Él (naciendo por el bautismo a la vida de la gracia, como Cristo salió triunfante del sepulcro).
Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dió en la aguas bautismales, era como una semilla.
Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.
De ahí el carácter de "celebración pascual" que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.
El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este "tránsito" o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados "graduales".
Otro dato consolador que nos revela la liturgia de los agonizantes es que el cristiano no muere solo, sino que muere con Cristo. El acto por el cual se acaba su vida terrena coincide con el momento en que entra en la vida definitiva con Cristo, como oveja que es llevada al redil de la gloria. Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.
El sacerdote o una persona capaz lee al moribundo la pasión según San Juan, no tanto para confortarle cuanto para asociarle y configurarle con la muerte el Señor. Nótese la frase tan antigua y tan cristiana de "morir en el Señor", que ya San Juan recoge en su Apocalipsis: "Dichosos los difuntos que mueren en el Señor" (Apoc. 14.13).
Cuando el moribundo, ayudado de sus familiares que se lo presentan, besa repetidamente el crucifijo, pronunciando si puede el nombre de Jesús o haciéndolo por él los asistentes, más que encomendarse a los méritos de su Redentor lo que hace es configurarse con su Salvador que murió por él, rescatándole del pecado y de la muerte eterna. Ahora besando el crucifijo la muerte del cristiano se anega en la de Cristo y el Padre celestial acogerá con piedad aquella alma, que en el bautismo recibió el sello de cristiana y definitivamente, por la muerte, quedará agregada a su Señor.
Prosiguiendo todavía diremos que el cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muera acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.
Esta le ha dado todos los sacramentos, le ha fortalecido con el "socorro del viaje" que es el viático; le ha restaurado con la santa unción, borrando de su alma las reliquias del pecado, le ha perdonado todas las culpas y reatos con la indulgencia plenaria otorgada en nombre del Sumo Pontífice y además, en aquel instante supremo, le encomienda y entrega oficialmente a la otra Iglesia, a la del cielo.
Es fuertemente impresionante el acto de la entrega de la Iglesia militante ala triunfante, que se formula en los textos de la "recomendación del alma".
Antes de efectuar esta entrega la Iglesia reza la "letanía de los santos". Tales letanías sólo se rezan en los instantes de suprema necesidad, cuando la situación requiere invocar el poder intercesor de todos los santos, a los que en este caso se hace además testigos y valedores.
Entonces la Iglesia de la tierra ordena al alma que abandone este mundo: "Sal, alma cristiana, de este mundo en nombre de Dios, Padre omnipotente, que te crió: en nombre de Jesucristo, que te redimió, etc."
Después se realiza solemnemente la entrega:
"Te encomiendo (o entrego), hermano carísimo, a Dios omnipotente... Cuando tu alma se separe del cuerpo, sálganle al encuentro las espléndidas jerarquías de los ángeles, venga a encontrarte el senado de los apóstoles.. Benigno y placentero se te manifieste el rostro de Jesucristo..."
Y en el instante mismo de expirar se canta o reza el Subvenite "Bajad, santos de Dios: salid a su paso, ángeles del Señor, para recoger su alma y presentarla en la presencia del Altísimo".
Más que una deprecación o recomendación en que se implora piedad, tenemos un "acto jurídico", en que la Iglesia temporal, que engendró a aquella alma por el bautismo, la alimentó con los sacramentos y la fortaleció con los demás auxilios, la entrega ahora solemnemente a la Iglesia eterna. El sarmiento que la muerte corta de la cepa terrestre- es trasplantado, por mano de la Iglesia, a la viña de la gloria para que dé frutos de vida eterna.
Esto puede hacerlo la Iglesia porque cuenta con la inmensidad de los méritos de Cristo y de sus Santos, de cuyo inagotable tesoro se aprovecha para perdonar al moribundo con la bendición papal y hacerle participar de los frutos de vida que sus obras no podrían alcanzar.
Porque el difunto murió "con el sello de la fe", según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman "cementerios", palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.
Gran parte de los ritos funerarios son sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna.
Necesitamos afianzarnos en la virtud teologal de la esperanza sobre todo ahora en que nos rodea un clima de angustia. La muerte aterra a muchos porque interiormente tiene una mentalidad pagana.
La muerte no es una "pérdida irreparable", el cementerio no es la "última morada'. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: "No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús mueió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él... Consolaos, pues, con tales pensamientos" (1 Thess. 4,12-13.17).
Mas queda siempre la inseguridad del más allá, el querer comprender la "vida del siglo futuro".
"A Dios no le-ha visto nadie -declara, rotundamente San Juan-, solamente el Unigénito de Dios nos ha hecho conocer lo que conoció en el seno del Padre" (lo. 1,18). Lo mismo nos ocurre con el mundo de ultratumba; pero la Sagrada Escritura, la liturgia y los símbolos del primitivo cristianismo pueden hacernos entrever lo que será el objeto de la esperanza cristiana, que es el cielo.
En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.
A través de un posible purgatorio, es cierto, pero con un fin seguro en Dios, en la gloria del Padre.
El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos. Todos sus compañeros "puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer" y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, "porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección" (2 Mach. 12,39-46).
Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta por la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica. Era costumbre ofrecer por los fallecidos el sacrificium pretii nostri, "el sacrificio de nuestra redención", o como se le llama en otra parte, sacrificium pro dormitione, "sacrificio por los que durmieron". La memoria o recuerdo de los difuntos en la santa misa es común a todas las liturgias desde el siglo III. Además de las misas dichas por ellos, siempre se les recordaba en la gran plegaria posconsecratoria, mencionándolos en los dísticos. Estando presente entonces Cristo sobre el altar en estado de víctima "representa para ellos un gran alivio y ayuda la oración que se hace durante aquel santo y tremendo sacrificio" (San Cirilo de Jerusalén).
La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: "Allí siempre estaremos con el Señor". En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica "están en el Señor".
Pero la Edad Media comenzó a pensar en el riesgo del juicio, en el instante en que el alma comparece ante el tribunal divino para ser juzgada. Y esta patética situación se refleja en los textos litúrgicos, tales cómo el Absolve Domine, en el Libera me Domine, y sobre todo en el Dies Irae. Este último, el más dramático de todos, alterna las estrofas llenas de cárdenos resplandores con los versos que son preces dulcísimas.
Tú que a María absolviste y al ladrón oíste, también a mí esperanza diste.
Sin embargo, el Dies Irae no fue en su origen una pieza funeraria, sino una secuencia para el primer domingo de Adviento, en que la liturgia conmemora el juicio final. La acomodación, no demasiado feliz, de las dos últimas estrofas la hizo servir para la misa de difuntos.
Conviene no olvidar en todo caso el carácter contenido y lleno de moderación de la liturgia aun en aquellos textos, como el ofertorio de la misa de difuntos, tan repletos de conceptos, en contraste con la exageración en que fácilmente caen los autores piadosos al hablar del purgatorio.
El concilio Tridentino, en la sesión XXV (Denz. 983), definió la existencia del purgatorio "y que las almas allí detenidas podían ser auxiliadas con los sufragios de los fieles, en especial con el aceptable sacrificio del altar".
El santo sínodo quería que se predicase a los fieles la auténtica doctrina sobre el purgatorio, pero sin descender a cuestiones difíciles, que no favorecen a la piedad popular. Precisamente lo contrario que han hecho muchos . "meses de ánimas" y libros equivalentes, basados en revelaciones particulares a menudo ridículas, absurdas o caprichosas.
Nuestra mentalidad pide otra cosa. ¡Cuánto mejor alimentarnos de la Escritura y de la liturgia!
Cuando la muerte de Santa Mónica, una vez que pudieron hacer acallar en su llanto al niño Adeodato, Evodio tomó el libro de los Salmos y comenzó a recitar el salmo 100, al que todos los de la casa coreaban respondiendo: "Tu misericordia y tu juicio cantaré".
En la Sagrada Escritura, en los Salmos, base de todo rezo, hemos de encontrar los cristianos actuales las fórmulas para orar por nuestros difuntos, y en los textos bíblico-litúrgicos las bellas metáforas que nos hagan presentir el premio que Dios reserva a sus fieles.
Una como cadena de bellísimas imágenes nos describen las antífonas Subvenite e In paradisum. Hoy, día de los difuntos, deben ayudarnos a presentir la felicidad de que gozan los que nos precedieron en el signo de la fe. Helas aquí numeradas:
El paraíso.La ciudad santa de Jerusalén.El cortejo de los ángeles y los santos.El seno de Abraham.El descanso eterno.La luz eterna.La paz.El refrigerio.
La imagen del "paraíso" aparece en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último de los libros de la Biblia.
El paraíso es un jardín oriental, un edén, un huerto de delicias, regado con aguas abundantes, lleno de vegetacion y frutos, en contraste con el desierto de los alrededores.
El paraíso, en una posterior concepción bíblica es la morada de Dios, el asiento de la sabiduría. Adán hablaba con Yahvé a la brisa del atardecer, como un amigo habla con un amigo. Así el paraíso es un concepto rico de felicidad, con todo lo que el hombre puede apetecer junto con la posesión de Dios. Cuando el buen ladrón pide a Cristo que se acuerde de él, Jesús le dice: "Hoy estarás conmigo en el paraíso", como resumiendo la dicha suma.
En el primitivo paraíso, perdido por el pecado de los primeros padres, un ángel con espada de fuego impedía al hombre la vuelta a él: mas los ángeles conducen al alma del difunto al nuevo paraíso, según la liturgia.
"Jerusalén" es la ciudad santa, llena de la presencia de Dios, en cuyo templo se complace en recibir culto; la ciudad que encendía de gozo a los israelitas, como canta el salmo 121.
Mejor todavía que aquella Jerusalén, tan capaz de hacer la felicidad del piadoso israelita, es la nueva Jerusalén que San Juan vio ataviada como novia, la ciudad que ya no necesita de templo, porque será iluminada con la gloria de Dios.
Esta Jerusalén es la "patria del paraíso", como se dice en una oración funeraria, hacia la patria de todos caminamos, dado que somos peregrinos y forasteros, según explica San Pablo.
La liturgia menciona él "cortejo de los ángeles y los santos". La felicidad propia se acrece con la grata compañía de tan altos personajes que hacen cortejo honroso al alma que se salva.
En la parábola del rico epulón encontramos a Lázaro en el seno de Abraham. Esto nos hace ver otro aspecto de la felicidad eterna, la intimidad afectuosa con el más grande de los patriarcas y padre de los creyentes. Intimidad que podemos transportarla al mismo Dios, a la manera como San Juan en la última cena se recostó en el seno de Cristo.
Después de un trabajo fatigante el simple descanso es una gran dicha. A nuestros difuntos les deseamos el "descanso eterno", sin la vuelta a los trabajos de la tierra. Descanso que no debe concebirse como un aburrimiento, sino como el ocio fecundo en la gloria del Padre. Bien pudo decir San Juan: "Bienaventurados los que mueren en el Señor, pues descansarán de todos sus afanes y trabajos" (Apoc. 1 4,16) .
"Dios es luz, y en sí no existen tinieblas", dice San Juan; por eso deseamos a nuestros difuntos "la luz eterna", la claridad inextinguible en el foco divino, para "ver la luz en su luz", como dice el salmo. Porque los cristianos hemos sido transportados de las tinieblas (pecados) a la luz (región de la gloria).
"Lucha es la vida del hombre sobre la tierra", decía Job. Milicia, intranquilidad, desasosiego. La bienaventuranza será la "paz", el reino de la paz, el sueño de la paz .. Metáforas todas para expresar el sosiego bonancible del paraíso.
Por último, los textos litúrgicos hablan del "refrigerio", tan apetecido de quienes viven en países abrasados, como era la región donde se difundió el primitivo cristianismo. El lugar del "refrigerio, de la luz y de la paz" se dice, resumiendo los gozos inefables del cielo, en el memento de los difuntos.
Para acelerar tales bienes a los que pudieran estar detenidos en el purgatorio nació la piadosa idea de la "conmemoración de los fieles difuntos". San Odilón, abad de Cluny, determinó ,hacia el año 1000 que en todos sus monasterios, dado que el día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos, el día 2 se tuviera un recuerdo de todos los difuntos. De los monasterios cluniacenses la idea se fue extendiendo poco a poco a la Iglesia universal

domingo, 31 de octubre de 2010

HALLOWEEN
Halloween, nombre anglosajón aplicado a la celebración de la noche del 31 de octubre que precede a la fiesta cristiana del Día de Todos los Santos.Se cree que las prácticas relacionadas con Halloween se originaron entre los antiguos druidas, que creían que esa noche Saman, el señor de la muerte, provocaba a las huestes de los espíritus malignos. Los druidas encendían grandes hogueras con el propósito de rechazarlos a todos. Entre los antiguos celtas, Halloween era la última noche del año y se consideraba como un momento propicio para examinar los presagios del futuro. Los celtas también creían que los espíritus de la muerte regresaban a sus moradas terrenales durante esa noche. La tradición druida de encender hogueras en Halloween sobrevivió hasta épocas modernas en Escocia y Gales, y la presencia de fantasmas y brujas sigue siendo común en todas las celebraciones de Halloween. Sobreviven vestigios de la fiesta de la cosecha en la costumbre, habitual en Estados Unidos y Gran Bretaña, de jugar con algunas frutas. De origen similar es la utilización de calabazas huecas esculpidas para representar rostros grotescos y que se iluminan colocando una vela en su interior. En la actualidad, la fiesta de Halloween, que se ha extendido a numerosos países ajenos a las costumbres anglosajonas, consiste en disfrazarse de ‘espíritu maligno’ y salir a las calles o a una fiesta particular. Los niños, que son los que la "disfrutan", se disfrazan y salen a pedir dulces y frutas a los vecinos; si éstos se niegan a darles golosinas, los niños les harán alguna travesura, generalmente muy inocente......
Inocente???? mas bien diria una degeneracion del verdadero dia de todos los santos, que no son cuentos ni brujerias asi como tampoco lo es el rosario, en el cual octubre es el mes del mismo, poniendo en ridiculo su rezo y tomandolo como muletilla. Es un sacramental que no debemos dejar que nos lo quiten ni ridiculicen con una fiesta en la cual se disfrazan de brujos quienes para llegar hasta un punto mas bajo hacen pactos con el mismo demonio.... eso es lo que queremos festejar? eso queremos para nuestros niños..... no lo creo: amar a Dios sobre todas las cosas y al projimo como a uno mismo... es mandato es claro con respecto a quien debemos nuestra confianza. Desmitifiquemos esta fiesta, no dejemos que nos la impongan... vivan todos los santos!!!

jueves, 14 de octubre de 2010

15 DE OCTUBRE

SANTA TERESA DE JESUS

VIRGEN Y DOCTORA DE LA IGLESIA



Nace en Ávila el 28 marzo de 1515. Sus padres, dos ejemplares cristianos: Alonso de Cepeda y Beatriz de Ahumada. Son bendecidos con muchos hijos. Teresa será la tercera de este segundo matrimonio de D. Alonso. Doña Beatriz morirá muy joven. De lo contrario quizá aun hubiera seguido algún otro hijo a Juana que hacia el número octavo.
La educan muy cristianamente. Aprendió a rezar desde muy niña. Cuando adolescente, quiere huir a tierra de moros con su hermano Rodrigo para ser decapitada por Cristo, pero su tío Francisco Sánchez de Cepeda les hace volver a la casa paterna.
Muere su madre y atraviesa una temporada un tanto desviada de sus fervores anteriores. E1 2 de noviembre de 1535, sin permiso de su padre, ingresa en el Convento de la Encarnación. Viste el hábito carmelitano el 2 de noviembre de 1536 y hace sus Votos Religiosos el 3 de noviembre de 1537. Cae enferma. Sale del convento y cura. Su vida todavía está muy lejos de dar ese SI definitivo o tercera Conversión al Señor. Esta no llegara hasta la Cuaresma del 1554 cuando ella tenga ya 39 años. Los diversos "quieros" de Teresa encuentran el definitivo... Se entrega de lleno al Señor y... para siempre.
E1 1562 reforma el Carmelo femenino con permiso del P. General. Seis años después funda el primer convento de Padres reformados yendo a la cabeza San Juan de la Cruz.
Escribe libros prodigiosos llenos de sabiduría y experiencia mística: Su Autobiografía, Camino de Perfección. Las Moradas, Cartas, Poesías, Modo de Visitar Conventos, Constituciones... Es la admiración de propios y extraños. Recibe gracias místicas. Muere la "Santa" la tarde del 4 de octubre del 1582. Al día siguiente era el 15 por la reforma del calendario que introduce Gregorio Xlll. E1 27 de septiembre de 1970 es declarada Doctora de la Iglesia.

miércoles, 13 de octubre de 2010

RETIRO DE 5 AÑO







EVANGELIODEL DOMINGO 17 DE OCTUBRE
SEMANA XXIX DURANTE EL AÑO

Dios hará justicia a sus elegidos, que claman a él

+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 18, 1-8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:–Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».Y el Señor respondió:–Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? Palabra del Señor.
COMENTARIO
Yo te invoco porque Tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame como a las niñas de tus ojos; a la sombra de tus alas escóndeme, leemos en la Antífona de entrada de la Misa.Los textos de la liturgia se centran en el poder que tiene ante Dios la oración perseverante y llena de fe. San Lucas, antes de narrarnos, en el Evangelio de la Misa, la parábola de la viuda y del juez inicuo, nos indica el fin que Jesús se propone: Les propuso esta parábola para hacerles ver que conviene perseverar en la oración sin desfallecer. En la vida sobrenatural hay acciones que se realizan una sola vez: recibir el Bautismo, el sacramento del Orden... Otras, es necesario llevarlas a cabo muchas veces, como perdonar, comprender, sonreír... Pero hay acciones y actitudes que son de siempre, para las que será necesario vencer el cansancio, la rutina, el desánimo. Entre éstas se encuentra la oración, manifestación de fe y de confianza en nuestro Padre Dios, aun cuando parezca que guarda silencio. San Agustín, al comentar este pasaje del Evangelio, pone de relieve la relación que existe entre la fe y la oración confiada: «Si la fe flaquea, la oración perece», enseña el Santo; pues «la fe es la fuente de la oración» y «no puede fluir el río si se seca el manantial del agua». Nuestra oración -¡tan necesitados estamos!- ha de ser continua y confiada, como la de Jesús, nuestro Modelo: Padre, ya sé que siempre me escuchas. Él nos oye siempre.La Primera lectura de la Misa nos propone la figura de Moisés orante en la cima de un monte, mientras Josué se enfrentaba a los amalecitas en Rafidín. Cuando, en actitud de súplica, Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel; cuando las bajaba, vencía Amalec. Y para que Moisés siguiera orando, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así, mantuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.No debemos cansarnos de orar. Y si alguna vez comienzan a hacernos mella el desaliento o la fatiga, hemos de pedir a quienes nos rodean que nos ayuden a seguir rezando, sabiendo que ya en ese momento el Señor nos está concediendo otras muchas gracias, quizá más necesarias que los dones que le pedimos. «Quiere el Señor concedernos las gracias, pero quiere que se las pidamos -enseña San Alfonso Mª de Ligorio-. Un día llegó a decir a sus discípulos: Hasta ahora no habéis pedido cosa alguna en nombre mío. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido (Jn 16, 24). Como si dijera: No os quejéis de Mí si no sois plenamente dichosos, sino quejaos de vosotros mismos por no haber buscado lo que necesitábais; pedídmelo en adelante y seréis atendidos». San Bernardo comenta que muchos se quejan de que no les ayuda el Señor, y es el mismo Jesús -afirma el Santo- quien tendría que lamentarse de que no le piden. Oremos como Moisés: con perseverancia en medio del cansancio, con la ayuda de los demás cuando sea necesario. Es mucho lo que está en juego. Es dura la batalla.Examinemos hoy si nuestra oración es perseverante, confiada, insistente, sin cansarnos. «Persevera en la oración, como aconseja el Maestro. Este punto de partida será el origen de tu paz, de tu alegría, de tu serenidad y, por tanto, de tu eficacia sobrenatural y humana». Nada puede contra una oración perseverante.