jueves, 24 de febrero de 2011
sábado, 22 de enero de 2011
viernes, 24 de diciembre de 2010
martes, 21 de diciembre de 2010
viernes, 17 de diciembre de 2010
cuarto Domingo de Adviento
miércoles, 15 de diciembre de 2010
viernes, 10 de diciembre de 2010
martes, 7 de diciembre de 2010
LA CRUZ DE SAN BENITO

Una de las devociones mas difundidas, y no solo por la influencia de los monasterios benedictinos, es la Cruz de San Benito, especialmente en forma de medalla, que es la más frecuente. Presentaremos brevemente su significado y haremos su historia, para atender al deseo de muchos amigos y devotos de San Benito.
La Medalla
La medalla presenta, por un lado, la imagen del Santo Patriarca, y por el otro, una cruz y en ella y a su alrededor, las letras iniciales de una oración ó exorcismo, que dice así (en latín y castellano):
Cruz del santo Padre Benito CRUX SACRA SIT MIHI DUX Mi luz sea la cruz santa NON DRACO SIT MIHI DUX No sea el demonio mi guía VA DE RETRO SATANA ¡Apártate, Satanás! NUMQUAM SUADE MIHI VANA Ni sugieras cosas vanas, SUNT MALA QUAE LIBAS Pues maldad es lo que brindas IPSE VENENA BIBAS Bebe tu mismo el veneno | ![]() |
Como se puede apreciar por las iniciales distintivas en la cruz, a esta, el texto de la plegaria la
acompaña siempre, y a la vez es una ayuda para la recitación de la misma. El texto latino se compone - después del título: Crux Santi Patri Benedicti (C.S.P.B.) - de tres dísticos, que encierran una invocación a la Santa Cruz, con el deseo suplicante de tenerla como guia y apoyo, y la expresión del rechazo a Satanás a quien se manda que se aparte - con las palabras de Jesús, cuando fue tentado por él (Mt 4,10) -, manifestando que no va a escuchar sus sugerencias, pues es malo lo que ofrece. Es una auténtica confesión de fe y de amor a Cristo, y una renuncia al diablo.
El bautismo y la cruz
Notemos que en este breve texto, la victoria sobre el demonio se atribuye a la cruz de Jesucristo, que es luz y guia para el fiel, y que se opone al veneno y a la maldad del tentador. Es un eco de la consagración bautismal, de donde se impone la cruz al neófito, quien es lavado con el agua de la regeneración y recibe la luz del Señor Resucitado; pronuncia también las palabras de renuncia al demonio y confiesa la fe.
Por ello el cristiano que lleva la medalla no lo hace con una preocupación supersticiosa por apartar
a los malos espíritus, sino consiente que es por la presencia del Señor Jesucristo y una vida conforme a la gracia, como habrá de mantener alejado al diablo y sus tentaciones. El futuro de esa devota práctica, la protección de Dios, se alcanza con una vida que sea después coherente al Evangelio. Donde está la gracia divina, no se puede aproximar el demonio. Pero el combate contra las asechanzas y tentaciones diabólicas no le va a faltar al fiel, pues el Maligno quiere impedir su camino hacia Dios, es entonces que la oración, la señal de la cruz, la invocación a Cristo Nuestro Señor y de los santos, son necesarios. Escribe Don Guéranger:
- No es preciso explicar al cristiano lector la fuerza de esta conjuración, que opone a
los sacrificios y violencias de Satanás aquello que le causa el mayor temor: la cruz,
el santo nombre de Jesús, las propias palabras del Salvador en la tentación, y en fin,
el recuerdo de las victorias que el gran Patriarca San Benito obtuvo sobre el dragón
infernal 1.
El Ejemplo de San Benito
El origen de la Cruz de San Benito no puede atribuirse con certeza al mismo santo. Más adelante
veremos las circunstancias históricas en que aparece y se difunde esta devoción. Pero su sentido es
profundamente coherente con la espiritualidad que inspiraba el padre de los monjes del Occidente y que este supo transmitir a sus hijos. la vocación a la vida eterna es la llamada de Dios a la salvación en Jesucristo, y esta llamada espera una respuesta, no solo con los labios, sino con el corazón. En la Regla escrita para sus monjes, San Benito dejó su enseñanza :
- Escucha, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto
el consejo de un padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente. Así volverás por el trabajo de
la obediencia, a aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia.
El bautismo nos limpia del pecado original, nos hace hijos de Dios y nos da la vida de la gracia. La vocación del cristiano nace en el bautismo, y de esta manera tiene la fuerza para resistir al diablo, si es fiel y consecuente con los dones recibidos, Pero justamente necesite responder a esa vocación y a los dones de Dios, con amor filial y con sus obras sin lo cual podría ser presa de las malas tentaciones. El demonio si bien ha sido derrotado, tiene todavía sus asechanzas, y encuentra muchas veces en nosotros un oído que se deja seducir. Por eso San Benito nos exhorta a no atender a esa voz que nos sugiere cosas malas, y escuchar mas bien la que nos viene de Dios, en el Evangelio en toda Escritura, en la Iglesia, y en la oración, y a través de maestros experimentados en las vías del espíritu.
Es ante todo de esa manera que debemos considerar la protección contra el demonio, que Dios nos presta por la intersección de sus santos. Satanás será menos fuerte con los que viven en la comunión con Dios y se esfuerza por obrar el bien. Y ello se debe a la virtud del bautismo, del cual procede la vida del cristiano y donde nace y se desarrolla la vocación a la perfección y a la vida monástica. Escribe un autor:
- Quien quiera.que se lance resueltamente a la búsqueda de la realidades sobrenaturales
sentirá muy pronto que en él se enfrentan Dios y el diablo. Todo compromiso con
Dios conlleva, pues, la necesidad de armarse contra el ángel caído. Esto es claramente
visible desde el primer compromiso cristiano, que sanciona el sacramento del bautismo:
la renuncia a Satanás va junto con el ingreso en la iglesia.
Con este signo de salvación, San Benito se libró del veneno que unos malos monjes le ofrecieron: Cuando fue presentado al abad, al sentarse a la mesa, la vasija de cristal que contenía la bebida envenenada para que la bendijera, según costumbre en el monasterio, Benito, extendiendo la mano, hizo la señal de la cruz y con ella se quebró el vaso que estaba a cierta distancia; y de tal modo se rompió, que parecía que aquel vaso de muerte, en lugar de la cruz, le hubiesen dado una piedra. Comprendió en seguida el barón de Dios que debía contener una bebida de muerte lo que no había podido soportar la señal de la vida. EL episodio, según el relato gregoriano, debió inspirar las palabras del exorcismo referidas referidas a la bebida que ofrece el Maligno, así como protección atribuida a la señal de la cruz.
Los ataques del demonio también se dieron contra el abad de Casino y sus monjes: el "antiguo enemigo", muy contrario por la conversión de los paganos de la región atraídos por la predicación del Santo, se presentaba a sus ojos amenazarlo y aterrorizar a los suyos: Pero el antiguo enemigo, no sufriendo estas cosas en silencio, se aparecía no ocultamente o en sueños, sino en clara visión a los ojos del padre, y con grandes gritos que quejaba de la violencia que tenia que padecer por su causa, tanto que hasta los hermanos oían sus voces, aunque no veían su imagen. Sin embargo, el venerable abad contaba a sus discípulos que el antiguo enemigo aparecía a sus ojos corporales horrible y encendido y que parecía amenazarle con su boca y con sus ojos llameantes. Y la verdad, lo que decía lo oían todos, por que primero lo llamaba por su nombre; y como el barón de Dios no le respondiese, prorrumpia en seguida en ultrajes contra el. Así, cuando gritaba, diciendo: "Benito, Benito", y veía que le daba la callada por respuesta , añadía al instante: "Maldito y no Bendito ¿que tienes conmigo?, ¿por que me persigues?. Estos ataques directos, combates encarnizados con el demonio, son una constante en la vida de San Benito, que le proporcionó con ellos ocasiones de nuevas victorias, como dice San Gregorio poco después.
Ya en el comienzo de la permanencia en Subdiaco, el demonio rompe la campanilla de que se servia el monje Román para avisar a nuestro Santo cuando debía retirar sus alimentos. Leemos también que el demonio en forma de un ave negra, le provoca terribles tentaciones al mismo Benito, y a otro monje lo distrae de la plegaria, llevándolo a vagar. A un hermano lo lleva a mostrarse soberbio, ganado por los malos pensamientos que el demonio le sugiere; significativamente, Benito, advirtiendo su turbación, le manda: Traza una cruz, hermano, sobre tu corazón. Inspira al presbítero Florencio que , celoso, hostigue a Benito y sus discípulos, y siempre busca dificultar la vida del monasterio tanto en lo material, como en lo espiritual, suscitando inconvenientes de todo tipo, como a la muerte de un adolescente.
Estos episodios, relatados por el Papa San Gregorio, muestran de que manera San Benito combatía con el demonio, el cual lo atacaba constantemente, como adversario de toda obra buena. Un encuentro con el demonio ilustra lo dicho: Yendo un día el Santo al oratorio de San Juan, sito en la misma cumbre del monte, saliole al encuentro el antiguo enemigo bajo la forma de un albéitar (o médico), llevando le un vaso de cueno con brebajes. Como Benito le preguntara adónde iba, él le contestó :"me voy a darles una porción a los hermanos". Fuese entonces el venerable padre a la oración , y concluida esta, volvió inmediatamente. El maligno espíritu, por su parte, encontró a un monje anciano sacando agua, y al punto entró en el y lo arrojó en tierra, atormentándole furiosamente. Al volver de la oración el barón de Dios, viendo que era torturado con tal crueldad, diole tan solo una bofetada y al momento salió el maligno espíritu, de suerte que no osó volver mas a él.
Su mejor defensa era, con la oración, la fidelidad al Señor y la confianza con El, la caridad, la constancia en el bien, la práctica de la justicia. Una vida santa, por una parte provoca la enemistad del demonio, mas por la otra, es la mejor defensa contra él, pues donde está Dios por la gracia, no puede entrar a dominar el terrible enemigo.

domingo, 7 de noviembre de 2010
Los poetas tienen la gracia singular de saber sintetizar con pocas palabras muchos y profundos conceptos. He aqui la poesia que traen las Visperas de esta fiesta: "Reina y Madre, Virgen pura, que sol y cielo pisais, a vos sola no alcanzó, la triste herencia de Adan. ¿Como en vos, Reina de todos, si llena de gracia estais, pudo caber igual parte de la culpa original?. De toda mancha estais libre: ¿y quien pudo imaginar, que vino a faltar la gracia, en donde la gracia esta? Si los hijos de sus padres, toman el fuero en que estan ¿como pudo ser cautiva, quien dio a luz la libertad?".Y el de Laudes: "Ninguno del ser humano, como vos se pudo ver; que a otros los dejan caer, y despues les dan la mano. Mas vos, Virgen, no caiste, como los otros cayeron, que siempre la mano os dieron, con que preservada fuiste. Yo, cien mil veces caido, os suplico que me deis, la vuestra, y me levanteis, porque no quede perdido. Y por vuestra Concepcion, que fue de tan gran pureza, conserva en mi la limpieza, del alma y del corazon, para que de esta manera, suba con vos a gozar, del que solo puede dar, vida y gloria verdadera".Hoy es el dia grande para el cielo y para la tierra. A la Virgen Maria, que ya habia sido proclamada como Madre de Dios y como Virgen antes del parto, en el parto y despues del parto, le faltaba todavia que le fuera engarzada en su corona refulgente esta perla preciosisima de su CONCEPCION INMACULADA. Asi lo defendian durante siglos tantos y tantos fervorosos santos y profundos teologos. Pero la cosa no estaba clara del todo ya que habia que salvar los dogmas de la universalidad del pecado como hijos de Adan, y, sobre todo, la universalidad de la salvacion realizada por Jesucristo. Santos tan enamorados de Maria como San Alberto Magno, San Bernardo, Santo Tomas de Aquino, recurrian a argumentos teologicos que defendian que, aunque hubiera sido unos instantes, o de forma ininteligible para la mente humana, era necesario que la Virgen hubiera estado algun tiempo bajo el dominio de la serpiente infernal. No lo vio asi Duns Scoto, Juan Bacon y otros autores tambien famosos ya que defendian que habia dos clases de redencion: Que redime de algo caido y que preserva para impedir que se caiga. De esta segunda forma habia sido redimida, es decir, de modo mucho mas sublime, la Virgen Maria, porque estaba designada para ser la Madre del Redentor. En vistas a ello fue "preservada de toda mancha de pecado antes de ser concebida en el seno de su madre".Esta verdad llegara a ser dogma definido, aunque ya hacia siglos que era verdad profesada por la mayor parte de la cristiandad, el dia 8 de diciembre de 1854, por la bula Ineffabilis Deus del Papa Pio IX. Este mismo Papa dijo en aquella ocasion: "La Virgen fue toda pura, toda sin mancha y como el ideal de toda pureza y hermosura; mas hermosa que la hermosura, mas bella que la belleza, mas santa que la santidad y sola santa, y purisima en cuerpo y alma, la cual supero toda integridad y virginidad". En la Bula definio: "La doctrina que afirma que la Virgen, en el primer instante de su concepcion, fue preservada inmune de toda mancha de pecado de origen por una singularisima gracia y privilegio de la omnipotencia divina y en atencion a los meritos del Redentor del genero humano, es doctrina revelada y ha de ser asi creida por los cristianos".Cantaban nuestros clasicos: "Pudo, quiso, luego lo hizo". E1 "Ave Maria Purisima" sera el grito que brotara de todo hijo bien nacido hacia su Madre. En España durante siglos nuestros reyes, santos, literatos, militares y todo el pueblo defendia y vivia este dogma mariano. España la eligio como Patrona de la nacion y difundio su devocion por todos los paises americanos.
Los poetas tienen la gracia singular de saber sintetizar con pocas palabras muchos y profundos conceptos. He aqui la poesia que traen las Visperas de esta fiesta: "Reina y Madre, Virgen pura, que sol y cielo pisais, a vos sola no alcanzó, la triste herencia de Adan. ¿Como en vos, Reina de todos, si llena de gracia estais, pudo caber igual parte de la culpa original?. De toda mancha estais libre: ¿y quien pudo imaginar, que vino a faltar la gracia, en donde la gracia esta? Si los hijos de sus padres, toman el fuero en que estan ¿como pudo ser cautiva, quien dio a luz la libertad?".Y el de Laudes: "Ninguno del ser humano, como vos se pudo ver; que a otros los dejan caer, y despues les dan la mano. Mas vos, Virgen, no caiste, como los otros cayeron, que siempre la mano os dieron, con que preservada fuiste. Yo, cien mil veces caido, os suplico que me deis, la vuestra, y me levanteis, porque no quede perdido. Y por vuestra Concepcion, que fue de tan gran pureza, conserva en mi la limpieza, del alma y del corazon, para que de esta manera, suba con vos a gozar, del que solo puede dar, vida y gloria verdadera".Hoy es el dia grande para el cielo y para la tierra. A la Virgen Maria, que ya habia sido proclamada como Madre de Dios y como Virgen antes del parto, en el parto y despues del parto, le faltaba todavia que le fuera engarzada en su corona refulgente esta perla preciosisima de su CONCEPCION INMACULADA. Asi lo defendian durante siglos tantos y tantos fervorosos santos y profundos teologos. Pero la cosa no estaba clara del todo ya que habia que salvar los dogmas de la universalidad del pecado como hijos de Adan, y, sobre todo, la universalidad de la salvacion realizada por Jesucristo. Santos tan enamorados de Maria como San Alberto Magno, San Bernardo, Santo Tomas de Aquino, recurrian a argumentos teologicos que defendian que, aunque hubiera sido unos instantes, o de forma ininteligible para la mente humana, era necesario que la Virgen hubiera estado algun tiempo bajo el dominio de la serpiente infernal. No lo vio asi Duns Scoto, Juan Bacon y otros autores tambien famosos ya que defendian que habia dos clases de redencion: Que redime de algo caido y que preserva para impedir que se caiga. De esta segunda forma habia sido redimida, es decir, de modo mucho mas sublime, la Virgen Maria, porque estaba designada para ser la Madre del Redentor. En vistas a ello fue "preservada de toda mancha de pecado antes de ser concebida en el seno de su madre".Esta verdad llegara a ser dogma definido, aunque ya hacia siglos que era verdad profesada por la mayor parte de la cristiandad, el dia 8 de diciembre de 1854, por la bula Ineffabilis Deus del Papa Pio IX. Este mismo Papa dijo en aquella ocasion: "La Virgen fue toda pura, toda sin mancha y como el ideal de toda pureza y hermosura; mas hermosa que la hermosura, mas bella que la belleza, mas santa que la santidad y sola santa, y purisima en cuerpo y alma, la cual supero toda integridad y virginidad". En la Bula definio: "La doctrina que afirma que la Virgen, en el primer instante de su concepcion, fue preservada inmune de toda mancha de pecado de origen por una singularisima gracia y privilegio de la omnipotencia divina y en atencion a los meritos del Redentor del genero humano, es doctrina revelada y ha de ser asi creida por los cristianos".Cantaban nuestros clasicos: "Pudo, quiso, luego lo hizo". E1 "Ave Maria Purisima" sera el grito que brotara de todo hijo bien nacido hacia su Madre. En España durante siglos nuestros reyes, santos, literatos, militares y todo el pueblo defendia y vivia este dogma mariano. España la eligio como Patrona de la nacion y difundio su devocion por todos los paises americanos.
viernes, 5 de noviembre de 2010
martes, 2 de noviembre de 2010
Después de todo lo que hemos anotado sobre el purgatorio, podemos decir que el purgatorio no es una cárcel terrible en la cual el alma es prisionera de la venganza divina. NO. El purgatorio es una penosa purificación para hacer capaz al alma de gozar plenamente de la felicidad del paraíso ¿Quién podría decir que es cruel quitarle la pelusa del ojo a alguien para que pueda disfrutar de la belleza del paisaje? ¿Quién consideraría una crueldad el hacer tomar al enfermo de estómago una amarga medicina para que pueda disfrutar del banquete al que está invitado? El alma, en el purgatorio, es una alma enferma que necesita las medicinas de los sufragios, oraciones y misas para sanarse y ser feliz. En el purgatorio, debemos pagar hasta el más mínimo pecado y lavar la más mínima mancha. Por eso, no debemos dejar pasar fácilmente los pecados veniales, como si no tuvieran importancia. Todo pecado, hasta el más pequeño, es una imperfección y una falta de amor a Dios. Aquellos que dicen: “Con un rinconcito en el cielo me conformo”, no saben lo que dicen. Tendrán grandes padecimientos con vivísimos deseos de hacer las buenas obras que no hicieron y verán a muchas almas a quienes han privado de sus buenas acciones. Toda pereza y todo desinterés por mejorar se convertirá en el más allá en gran tormento del alma.
Santa Faustina Kowalska dice en su Diario: “Hoy he conocido interiormente en lo profundo de mi alma lo horrible y espantoso que es el pecado, aun el más pequeño. Preferiría padecer mil infiernos antes que cometer aún el más pequeño pecado venial” (15-3-1937). Veamos lo que le sucedió al Padre Stanislao Choscoa, dominico. Está documentado en la Historia de Polonia de Brovius, del año 1590.
Un día, mientras este santo religioso oraba por los difuntos, se le apareció un alma rodeada de fuego. Él le preguntó, si aquel fuego era más fuerte que el de la tierra. Y le respondió:
- Todo el fuego de la tierra comparado con el del purgatorio es como un aire fresco.
- ¿Podrías darme una prueba?
- Ningún mortal podría soportar la mínima parte de este fuego sin morir al instante. Si quieres hacer una prueba, extiende tu mano.
El religioso puso su mano y le cayó una gota del sudor o del líquido que parecía tal de aquella alma. Fue tan grande su dolor que dio un grito y cayó al suelo desmayado. Vinieron sus hermanos y trataron de asistirlo. Y él les contó lo que le había pasado, exhortando a sus hermanos a huir hasta del más pequeño pecado para no sufrir aquellas horribles penas.
Hay en Roma un museo célebre sobre las almas del purgatorio, que fue fundado en 1900 por el P. Victor Jouet, sacerdote del Sagrado Corazón, que también fundó la revista “El purgatorio”. En este museo se ofrece a los visitantes una serie de documentos auténticos con pruebas de la visita de estas almas a los vivos. En varios objetos, se puede ver las huellas del fuego sobre libros litúrgicos, sobre misales, tejidos y sobre objetos de piedad como crucifijos, etc. Lo cual nos confirma una vez más que en el purgatorio, al menos en ciertos niveles, hay fuego que puede quemar también las cosas de la tierra. ¿Cómo es este fuego, que quema el alma? Sólo Dios lo sabe, pero estas pruebas son suficientes para comprender lo grave que es “quemarse” eternamente en el infierno o los graves sufrimientos que deben pasar las almas, que padecen el “fuego” del purgatorio.
Oremos por las almas del purgatorio. Es una de las mejores obras de caridad que podemos hacer. Personalmente, cuando paso delante de un cementerio, siempre me acuerdo de orar por las almas benditas de ese lugar; y todos los días, en la misa, las encomiendo con especial interés. Lamentablemente, hoy día se está extendiendo la costumbre de la cremación de los cadáveres. Por supuesto que la Iglesia “permite la incineración, cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo” (Cat 2301). Sin embargo, creemos que sería mejor enterrar el cuerpo para tener un lugar de referencia y poder visitarlo y rezar más por él.
Algunas familias acostumbran a guardar en sus casas las cenizas por tiempo indefinido, pero algunos obispos ya han aconsejado repetidas veces que las echen al mar o al río, o mejor las entierren para evitar problemas sicológicos en algunas personas débiles. Y también para evitar que con el tiempo las casas se conviertan en cementerios o museos de las cenizas de toda la familia.
En cuanto a los funerales y pompas fúnebres, está bien que se hagan, pero con la debida moderación, sin gastar mucho dinero en flores y en cosas externas, cuando lo que más necesitan es misas y oraciones. Respecto a los velorios hay que tener respeto al difunto y a los familiares, creando un ambiente de recogimiento y oración. Es lamentable que, en algunos lugares, aprovechan esos momentos para contar chistes, conversar de cosas mundanas y, a veces, para comer y beber en exceso, como si estuvieran en una fiesta. Algo parecido podemos decir del día de los difuntos, cuando mucha gente acostumbra visitar los cementerios.
Algo especialmente grave es no cumplir las obligaciones contraídas con los difuntos para celebrar misas por su alma y guardarse el dinero destinado para ello, al igual que sería muy grave guardarse el dinero destinado a medicinas para curar a un enfermo. Otro dato importante es que el dinero robado o mal empleado debe ser cancelado hasta en el purgatorio. Por eso, los hijos deberían pagar las deudas de sus padres o dar dinero para las misiones o para obras de candad, para cancelar así los pecados de sus padres en este sentido.
Veamos un caso ocurrido en Montefalco, Italia, del 2 de setiembre de 1918 al 9 de noviembre de 1919. Estas manifestaciones de un alma del purgatorio están confirmadas por algunas religiosas del convento y fueron confirmadas por Mons. Pietro Pacifici, obispo de Spoleto, en 1921. Las 28 manifestaciones tuvieron lugar en el convento de las Hnas. Clarisas del convento de San Leonardo de Montefalco. En ningún momento pudieron ver al alma purgante, pero se hacía presente al tomo para hablar brevemente y dejar una limosna, casi siempre de diez liras. Tocaba la campanita de la entrada para que bajara la abadesa, incluso cuando estaban cerradas todas las puertas de entrada al convento y a la Iglesia.
Solía decir: “Dejo aquí diez liras para oraciones”. Cuando le decían de parte de quién, respondía: “No me es permitido decirlo” El 3 de octubre de 1919 dijo claramente a la superiora: “Soy un alma purgante. Son cuarenta años que me encuentro en el purgatorio por haber disipado bienes eclesiásticos”. En otra oportunidad, dijo que era sacerdote.
En total, dejó 300 liras y le fueron celebradas 38 misas. El 9 de noviembre, al bajar la abadesa al sonido de la campana, le dijo: “Alabado sea Jesús y María. Le agradezco a Ud. y a la Comunidad, lo que han orado por m4 ya estoy libre de toda pena”. Y, a petición de la abadesa, le dio la bendición sacerdotal en latín.
El lugar, donde sucedieron estas manifestaciones, ha sido transformado en capilla, dedicada a orar por las almas del purgatorio y, especialmente, por los sacerdotes difuntos. Fue bendecida el 26 de febrero de 1924 y allí se ha erigido una confraternidad a favor de las almas del purgatorio.
En vista de todo esto, sería bueno pedir todos los días a nuestro Padre Dios la gracia de ir directamente al cielo y pedirle también paciencia y resignación para aceptar todos los sufrimientos que quiera enviarnos antes de morir, para pasar nuestro purgatorio aquí en vez de allá. Aprovechemos el tiempo para crecer en el amor.
Recordemos que nuestro cielo será tan grande como la medida de nuestro amor. Y la medida del amor debe ser el amor sin medida. No pongamos límites a nuestro amor a Dios y al prójimo. No nos cansemos de amar a Dios y a los demás. No nos cansemos de mirar a Jesús Eucaristía, pidiéndole que llene nuestro corazón de su amor. Pidamos a la “Madre del Amor Hermoso” (Edo 24,18), a María, que nos enseñe a amar.
De esta manera, en la medida en que amemos con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todo nuestro ser, nos sentiremos realizados como seres humanos, que cumplen fielmente su misión en este mundo. Hemos sido creados por amor y para amar. Sólo en el amor sincero y generoso encontraremos nuestra propia realización personal, el sentido de nuestra vida y el cumplimiento de todas nuestras esperanzas.
Ahora bien, no olvidemos que el tiempo de amar se agota día a día. Que el tiempo de vida es limitado, que no podemos perder el tiempo. El tiempo se va acabando y hay que aprovecharlo bien. Todavía estamos a tiempo para rectificar errores, todavía hay tiempo para amar, después podría ser demasiado tarde. Hagamos de nuestra vida un camino de amor, acumulando un tesoro que nos sirva para la vida eterna. Y recordemos siempre lo que decía la beata Isabel de la S. Trinidad: “En la tarde de la vida sólo queda el amor”.
VOTO DE ÁNIMAS
Puedes hacer, si lo deseas, el voto de ánimas en favor de las ánimas del purgatorio. El P. Dolindo Ruotolo, en su libro “Chi morr, vedr”, narra un hecho que le sucedió a él mismo para indicar la importancia de este voto. Dice así: “El año 1890 vino a mi casa el P. Salvatore De Filippis. Un sacerdote jesuíta que había sido maestro de matemáticas de mi padre, y nos habló del voto heróico o voto de ánimas por las almas del purgatorio, exhortándonos a hacerlo. Yo tenía ocho años, me emocioné y quise hacerlo, Pero,< ¿cómo hacerlo? Entonces, un día pedí a Jesús: “Deseo un libro que me explique como hacerlo yo y mi hermano “. Me dormí con esta petición. A la mañana siguiente, acompañé a mi madre a la misa y comunión como lo hacía ella todos los días. Yo todavía no había hecho la primera comunión. Era muy temprano en la mañana y llovía muy fuerte. Íbamos pegados a las paredes de las casas, cuando a la mitad del recorrido, veo una cosa blanca en el agua y la cojo para ver qué era. Eran dos libritos con el título.’ “Explicación del voto heroico por las almas del purgatorio “. Uno para mí y otro para mi hermano. Era algo extraordinario, una respuesta a mi oración. Aquel mismo día hice el voto por las almas benditas.
Tú puedes hacerlo con éstas o parecidas palabras: “Oh Padre celestial, en unión con los méritos de Jesús y de María, os ofrezco por las almas del purgatorio todas las obras satisfactorias de mi vida entera y todas las que por mí se ofrezcan después de mi muerte, y estas obras las deposito en las purísimas manos de María Inmaculada para que ella las aplique a las almas que, en su sabiduría y bondad maternal, quiera sacar del purgatorio. Dignaos, Dios mío, recibir y aceptar este ofrecimiento que hago por medio de María y dadme la gracia de morir en tu amor. Amén”
“El amor hace perfectas todas las cosas” (J. Agustin)
lunes, 1 de noviembre de 2010
Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los "que siguen al Cordero", nuestro pensamiento acompaña a "los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz". Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?
De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor...
Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos "para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz". Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.
Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de "viatores". Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también "signos del futuro", desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.
El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma. El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la "ciudad santa de Jerusalén", donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.
Noviembre, mes de los difuntos, de las hojas caídas, de los días cortos y del invierno en puertas, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.
Sin querer se nos ha metido una mentalidad pagana al hablar de la muerte. Miramos sólo un aspecto terrorífico y macabro, la corrupción del sepulcro, el abandono de todos, la soledad de la tumba. Resaltamos la parte negativa, el "somos polvo y ceniza del pagano Horacio, hasta el punto de que el propio cardenal Portocarrero pensase que el mejor epitafio para su lápida fuese esta frase, que, bien medida, no sería del todo ortodoxa: Hic iacet, pulvis, cinis et nihil: "Aquí yace polvo, ceniza y nada".
A las concepciones paganas del Renacimiento se unió el espíritu morboso del romanticismo y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos con guadañas, cítaras y columnas rotas...
Esa iconografía es ridícula, y tiene muy poco de cristiana; podrá admitirse para los animales, cuya alma es caduca y sus cuerpos no esperan la resurrección, pero nunca para los fieles que viven anclados en el artículo del credo que dice: "Espero la resurrección de los muertos".
El cristiano "no se muere", en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que "muere", es decir, entrega su alma al Creador". Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.
La Iglesia tiene un rito para que mueran los cristianos, como tiene un rito para el bautismo, para la celebración de la misa, para la ordenación de los sacerdotes y para que contraigan matrimonio los esposos.
Toda la liturgia de la muerte tiende a dar al moribundo una parte activa: profesa su fe en el rito emocionante que nos ha conservado el "Manual Toledano" para antes de recibir el viático; ofrece sus sentidos para la unción, recibe la sagrada Eucaristía como viático o provisión para el viaje a la eternidad; coge con sus dedos el cirio encendido, símbolo de la luz de la fe que se le entregó al ser bautizado; besa el crucifijo, contesta a las oraciones y cierra su vida pronunciando por tres veces el nombre de Jesús. .
En los mismos ritos de la mortaja, de la vela funeraria, del oficio de difuntos, de la misa de cuerpo presente, de la conducción a la sepultura y del enterramiento, el difunto sigue siendo el personaje central de la acción litúrgica; se le inciensa, se le rocía de agua bendita, se le nombra expresamente en las oraciones, se le alumbra con cirios, se le transporta procesionalmente...
Toda la celebración funeraria tiene un sentido comunitario. En ella actúa el párroco o su representante en nombre de la comunidad parroquial y miembros de la misma acompañan a los familiares en Aquel trance de dolor. Es una idea falsa y burguesa querer apartar al sacerdote de la cabecera del moribundo, con pretexto de respetar la intimidad del paciente y la de sus deudos. Es la Iglesia quien se hace presente en circunstancias tan destacadas para acompañar con sus piadosas oraciones el tránsito del fiel del tiempo a la eternidad
Toda la liturgia de la defunción tiene un color bautismal, que quiere decir tanto como pascual. La profesión de fe, que entre nosotros suele renovarse al tiempo del viático, recuerda las interrogaciones que preceden al bautismo. La entrega de un cirio encendido, el lavado del cadáver, la mortaja con un hábito religioso, aun en los seglares, o por lo menos con un vestido digno y como de etiqueta... evocan muchas ceremonias del rito bautismal.
Según San Pablo en su carta a los Romanos el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua. Consepultados con Cristo (anegados en el agua bautismal, muertos al pecado), conresucitados con Él (naciendo por el bautismo a la vida de la gracia, como Cristo salió triunfante del sepulcro).
Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dió en la aguas bautismales, era como una semilla.
Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.
De ahí el carácter de "celebración pascual" que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.
El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este "tránsito" o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados "graduales".
Otro dato consolador que nos revela la liturgia de los agonizantes es que el cristiano no muere solo, sino que muere con Cristo. El acto por el cual se acaba su vida terrena coincide con el momento en que entra en la vida definitiva con Cristo, como oveja que es llevada al redil de la gloria. Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.
El sacerdote o una persona capaz lee al moribundo la pasión según San Juan, no tanto para confortarle cuanto para asociarle y configurarle con la muerte el Señor. Nótese la frase tan antigua y tan cristiana de "morir en el Señor", que ya San Juan recoge en su Apocalipsis: "Dichosos los difuntos que mueren en el Señor" (Apoc. 14.13).
Cuando el moribundo, ayudado de sus familiares que se lo presentan, besa repetidamente el crucifijo, pronunciando si puede el nombre de Jesús o haciéndolo por él los asistentes, más que encomendarse a los méritos de su Redentor lo que hace es configurarse con su Salvador que murió por él, rescatándole del pecado y de la muerte eterna. Ahora besando el crucifijo la muerte del cristiano se anega en la de Cristo y el Padre celestial acogerá con piedad aquella alma, que en el bautismo recibió el sello de cristiana y definitivamente, por la muerte, quedará agregada a su Señor.
Prosiguiendo todavía diremos que el cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muera acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.
Esta le ha dado todos los sacramentos, le ha fortalecido con el "socorro del viaje" que es el viático; le ha restaurado con la santa unción, borrando de su alma las reliquias del pecado, le ha perdonado todas las culpas y reatos con la indulgencia plenaria otorgada en nombre del Sumo Pontífice y además, en aquel instante supremo, le encomienda y entrega oficialmente a la otra Iglesia, a la del cielo.
Es fuertemente impresionante el acto de la entrega de la Iglesia militante ala triunfante, que se formula en los textos de la "recomendación del alma".
Antes de efectuar esta entrega la Iglesia reza la "letanía de los santos". Tales letanías sólo se rezan en los instantes de suprema necesidad, cuando la situación requiere invocar el poder intercesor de todos los santos, a los que en este caso se hace además testigos y valedores.
Entonces la Iglesia de la tierra ordena al alma que abandone este mundo: "Sal, alma cristiana, de este mundo en nombre de Dios, Padre omnipotente, que te crió: en nombre de Jesucristo, que te redimió, etc."
Después se realiza solemnemente la entrega:
"Te encomiendo (o entrego), hermano carísimo, a Dios omnipotente... Cuando tu alma se separe del cuerpo, sálganle al encuentro las espléndidas jerarquías de los ángeles, venga a encontrarte el senado de los apóstoles.. Benigno y placentero se te manifieste el rostro de Jesucristo..."
Y en el instante mismo de expirar se canta o reza el Subvenite "Bajad, santos de Dios: salid a su paso, ángeles del Señor, para recoger su alma y presentarla en la presencia del Altísimo".
Más que una deprecación o recomendación en que se implora piedad, tenemos un "acto jurídico", en que la Iglesia temporal, que engendró a aquella alma por el bautismo, la alimentó con los sacramentos y la fortaleció con los demás auxilios, la entrega ahora solemnemente a la Iglesia eterna. El sarmiento que la muerte corta de la cepa terrestre- es trasplantado, por mano de la Iglesia, a la viña de la gloria para que dé frutos de vida eterna.
Esto puede hacerlo la Iglesia porque cuenta con la inmensidad de los méritos de Cristo y de sus Santos, de cuyo inagotable tesoro se aprovecha para perdonar al moribundo con la bendición papal y hacerle participar de los frutos de vida que sus obras no podrían alcanzar.
Porque el difunto murió "con el sello de la fe", según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman "cementerios", palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.
Gran parte de los ritos funerarios son sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna.
Necesitamos afianzarnos en la virtud teologal de la esperanza sobre todo ahora en que nos rodea un clima de angustia. La muerte aterra a muchos porque interiormente tiene una mentalidad pagana.
La muerte no es una "pérdida irreparable", el cementerio no es la "última morada'. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: "No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús mueió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él... Consolaos, pues, con tales pensamientos" (1 Thess. 4,12-13.17).
Mas queda siempre la inseguridad del más allá, el querer comprender la "vida del siglo futuro".
"A Dios no le-ha visto nadie -declara, rotundamente San Juan-, solamente el Unigénito de Dios nos ha hecho conocer lo que conoció en el seno del Padre" (lo. 1,18). Lo mismo nos ocurre con el mundo de ultratumba; pero la Sagrada Escritura, la liturgia y los símbolos del primitivo cristianismo pueden hacernos entrever lo que será el objeto de la esperanza cristiana, que es el cielo.
En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.
A través de un posible purgatorio, es cierto, pero con un fin seguro en Dios, en la gloria del Padre.
El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos. Todos sus compañeros "puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer" y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, "porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección" (2 Mach. 12,39-46).
Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta por la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica. Era costumbre ofrecer por los fallecidos el sacrificium pretii nostri, "el sacrificio de nuestra redención", o como se le llama en otra parte, sacrificium pro dormitione, "sacrificio por los que durmieron". La memoria o recuerdo de los difuntos en la santa misa es común a todas las liturgias desde el siglo III. Además de las misas dichas por ellos, siempre se les recordaba en la gran plegaria posconsecratoria, mencionándolos en los dísticos. Estando presente entonces Cristo sobre el altar en estado de víctima "representa para ellos un gran alivio y ayuda la oración que se hace durante aquel santo y tremendo sacrificio" (San Cirilo de Jerusalén).
La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: "Allí siempre estaremos con el Señor". En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica "están en el Señor".
Pero la Edad Media comenzó a pensar en el riesgo del juicio, en el instante en que el alma comparece ante el tribunal divino para ser juzgada. Y esta patética situación se refleja en los textos litúrgicos, tales cómo el Absolve Domine, en el Libera me Domine, y sobre todo en el Dies Irae. Este último, el más dramático de todos, alterna las estrofas llenas de cárdenos resplandores con los versos que son preces dulcísimas.
Tú que a María absolviste y al ladrón oíste, también a mí esperanza diste.
Sin embargo, el Dies Irae no fue en su origen una pieza funeraria, sino una secuencia para el primer domingo de Adviento, en que la liturgia conmemora el juicio final. La acomodación, no demasiado feliz, de las dos últimas estrofas la hizo servir para la misa de difuntos.
Conviene no olvidar en todo caso el carácter contenido y lleno de moderación de la liturgia aun en aquellos textos, como el ofertorio de la misa de difuntos, tan repletos de conceptos, en contraste con la exageración en que fácilmente caen los autores piadosos al hablar del purgatorio.
El concilio Tridentino, en la sesión XXV (Denz. 983), definió la existencia del purgatorio "y que las almas allí detenidas podían ser auxiliadas con los sufragios de los fieles, en especial con el aceptable sacrificio del altar".
El santo sínodo quería que se predicase a los fieles la auténtica doctrina sobre el purgatorio, pero sin descender a cuestiones difíciles, que no favorecen a la piedad popular. Precisamente lo contrario que han hecho muchos . "meses de ánimas" y libros equivalentes, basados en revelaciones particulares a menudo ridículas, absurdas o caprichosas.
Nuestra mentalidad pide otra cosa. ¡Cuánto mejor alimentarnos de la Escritura y de la liturgia!
Cuando la muerte de Santa Mónica, una vez que pudieron hacer acallar en su llanto al niño Adeodato, Evodio tomó el libro de los Salmos y comenzó a recitar el salmo 100, al que todos los de la casa coreaban respondiendo: "Tu misericordia y tu juicio cantaré".
En la Sagrada Escritura, en los Salmos, base de todo rezo, hemos de encontrar los cristianos actuales las fórmulas para orar por nuestros difuntos, y en los textos bíblico-litúrgicos las bellas metáforas que nos hagan presentir el premio que Dios reserva a sus fieles.
Una como cadena de bellísimas imágenes nos describen las antífonas Subvenite e In paradisum. Hoy, día de los difuntos, deben ayudarnos a presentir la felicidad de que gozan los que nos precedieron en el signo de la fe. Helas aquí numeradas:
El paraíso.La ciudad santa de Jerusalén.El cortejo de los ángeles y los santos.El seno de Abraham.El descanso eterno.La luz eterna.La paz.El refrigerio.
La imagen del "paraíso" aparece en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último de los libros de la Biblia.
El paraíso es un jardín oriental, un edén, un huerto de delicias, regado con aguas abundantes, lleno de vegetacion y frutos, en contraste con el desierto de los alrededores.
El paraíso, en una posterior concepción bíblica es la morada de Dios, el asiento de la sabiduría. Adán hablaba con Yahvé a la brisa del atardecer, como un amigo habla con un amigo. Así el paraíso es un concepto rico de felicidad, con todo lo que el hombre puede apetecer junto con la posesión de Dios. Cuando el buen ladrón pide a Cristo que se acuerde de él, Jesús le dice: "Hoy estarás conmigo en el paraíso", como resumiendo la dicha suma.
En el primitivo paraíso, perdido por el pecado de los primeros padres, un ángel con espada de fuego impedía al hombre la vuelta a él: mas los ángeles conducen al alma del difunto al nuevo paraíso, según la liturgia.
"Jerusalén" es la ciudad santa, llena de la presencia de Dios, en cuyo templo se complace en recibir culto; la ciudad que encendía de gozo a los israelitas, como canta el salmo 121.
Mejor todavía que aquella Jerusalén, tan capaz de hacer la felicidad del piadoso israelita, es la nueva Jerusalén que San Juan vio ataviada como novia, la ciudad que ya no necesita de templo, porque será iluminada con la gloria de Dios.
Esta Jerusalén es la "patria del paraíso", como se dice en una oración funeraria, hacia la patria de todos caminamos, dado que somos peregrinos y forasteros, según explica San Pablo.
La liturgia menciona él "cortejo de los ángeles y los santos". La felicidad propia se acrece con la grata compañía de tan altos personajes que hacen cortejo honroso al alma que se salva.
En la parábola del rico epulón encontramos a Lázaro en el seno de Abraham. Esto nos hace ver otro aspecto de la felicidad eterna, la intimidad afectuosa con el más grande de los patriarcas y padre de los creyentes. Intimidad que podemos transportarla al mismo Dios, a la manera como San Juan en la última cena se recostó en el seno de Cristo.
Después de un trabajo fatigante el simple descanso es una gran dicha. A nuestros difuntos les deseamos el "descanso eterno", sin la vuelta a los trabajos de la tierra. Descanso que no debe concebirse como un aburrimiento, sino como el ocio fecundo en la gloria del Padre. Bien pudo decir San Juan: "Bienaventurados los que mueren en el Señor, pues descansarán de todos sus afanes y trabajos" (Apoc. 1 4,16) .
"Dios es luz, y en sí no existen tinieblas", dice San Juan; por eso deseamos a nuestros difuntos "la luz eterna", la claridad inextinguible en el foco divino, para "ver la luz en su luz", como dice el salmo. Porque los cristianos hemos sido transportados de las tinieblas (pecados) a la luz (región de la gloria).
"Lucha es la vida del hombre sobre la tierra", decía Job. Milicia, intranquilidad, desasosiego. La bienaventuranza será la "paz", el reino de la paz, el sueño de la paz .. Metáforas todas para expresar el sosiego bonancible del paraíso.
Por último, los textos litúrgicos hablan del "refrigerio", tan apetecido de quienes viven en países abrasados, como era la región donde se difundió el primitivo cristianismo. El lugar del "refrigerio, de la luz y de la paz" se dice, resumiendo los gozos inefables del cielo, en el memento de los difuntos.
Para acelerar tales bienes a los que pudieran estar detenidos en el purgatorio nació la piadosa idea de la "conmemoración de los fieles difuntos". San Odilón, abad de Cluny, determinó ,hacia el año 1000 que en todos sus monasterios, dado que el día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos, el día 2 se tuviera un recuerdo de todos los difuntos. De los monasterios cluniacenses la idea se fue extendiendo poco a poco a la Iglesia universal



