DOMINGO XXV
Aunque es la gracia la que cambia los corazones, el Señor quiere que utilicemos medios humanos en el apostolado, y los procedimientos lícitos que estén a nuestro alcance. Enseña Santo Tomás de Aquino (9) que sería tentar a Dios no hacer lo que podemos y esperarlo todo de Él. También se aplica este principio al apostolado, donde el Señor espera de sus discípulos una cooperación sabia, efectiva y entregada. No somos instrumentos inertes. Los hijos de la luz han de poner también -junto a los medios sobrenaturales- su interés, su capacidad humana, su ingenio, su afán... al conquistar un alma para Cristo. Y en las obras apostólicas de formación, de enseñanza... serán necesarios los medios económicos, como puso de relieve el mismo Señor: En aquel tiempo en que os envié sin bolsa, sin alforja y sin zapatos, ¿por ventura os faltó algo? Nada, respondieron ellos. Pues ahora, prosiguió Jesús, el que tiene bolsa, llévela, y también alforjas; y el que no tenga espada, venda su túnica y cómprela (10). Jesús mismo, para realizar su misión divina, quiso servirse muchas veces de medios terrenos: unos cuantos panes y algunos peces, un poco de barro, los bienes de unas piadosas mujeres...Porque sabemos que la misión apostólica a la que el Señor nos llama supera la capacidad de los medios humanos que utilicemos, no dejaremos a un lado, como si fueran secundarios, los sobrenaturales. No tendremos puesta nuestra confianza en el ingenio personal, en el poder de convicción de nuestra palabra, en los bienes que son el soporte material de una empresa apostólica, sino en la gracia divina que hará milagros con esos medios, que siempre son absolutamente desproporcionados, pero no los olvidaremos. La confianza en Dios nos llevará en ocasiones a no esperar a tener todo lo necesario (quizá no lleguemos nunca a tenerlo), ni dejaremos de hacer ciertos trabajos o de empezar otros nuevos: «Se comienza como se puede» (11), y pediremos a Jesús lo que nos falta y actuaremos con esa libertad y audacia que da la confianza en Dios. «Me hizo gracia tu vehemencia. Ante la falta de medios materiales de trabajo y sin la ayuda de otros, comentabas: "yo no tengo más que dos brazos, pero a veces siento la impaciencia de ser un monstruo con cincuenta, para sembrar y recoger la cosecha".»-Pide al Espíritu Santo esa eficacia..., ¡te la concederá!
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